Alfred E. Hausman acaba su edición de Manilio

This reading was recorded by Alessandro Mistrorigo for Phonodia in Valencia, Spain, the 6th of July, 2017.

Read by Jaime Siles on 6 July 2017

Alfred E. Hausman acaba su edición de Manilio

A Juan Antonio González Iglesias

En la noche porosa yo opté por Manilio.
Su texto estuvo siempre encima de mi mesa.
Todavía lo leo, lo reviso, lo anoto.
Tantas veces
como las nubes por el cielo
han pasado mis ojos sobre él.
Ahora camino ya con paso lento
hasta por la filología,
que es el suelo
en el que más seguro me sentí.
Ya no tengo ni alumnos, ni clases ni visitas
salvo Auden: ese chico me aprecia
tal vez más que yo a él;
escribe-creo-
pero no me lo enseña,
y mejor que así sea, porque
¿qué podría decirle? A mis años
sólo se sabe de vejez.
El latín en las tardes me acompaña
como Italia en los días del verano
y el sur de Francia en los recuerdos
de los viajes de mi juventud.
Ellos y el latín vienen a verme:
damos paseos juntos por el río del habla.
La lengua es ya lo único
que no tengo muy mal.
La vida es bella porque es injusta.
Platón se equivocó: se equivocaba.
No sabía
que es ese movimiento de las formas
el que da a las cosas toda su plenitud.
Somos imágenes, no demasiado fijas,
que se mueven al ritmo que les marca
un no firme compás.
Somos tiempo, no espacio,
y vivimos en símbolos.
La luz nos ilumina tanto
como la oscuridad. Tal vez
somos un texto que alguien edita
como yo a Manilio.
Sí: tal vez somos un texto
pero ¿cuál?
El texto es hoy el único escenario
para representar ante mí mismo
imágenes cambiantes de mi vida
y fragmentos perdidos de mi idea
de lo que creo fue la Antigüedad.
Los mitos ya no existen
pero sus dioses aún nos acompañan.
Desde su vieja imagen veo alzarse
un proyecto de luz que los convierte
en algo más que sombras y que nombres:
en un rumor de piedra o de paloma
que extiende su dominio por columnas,
mármoles, peristilos y pórticos y atrios
e infunde a las ruinas de los significados
un impulso de vida más intensa
que la que ofrece o tiene la real.
Ésa es la vida
a la que yo intenté llegar y acomodarme,
buscando entre sus sílabas de polvo
restos de una palabra que me hablase
de un tiempo detenido entre las páginas
de un paisaje, de un cielo o de un lugar.
Mis ojos vieron resbalar por ellos
mañanas luminosas que llevaban,
envueltas en sus túnicas doradas,
naves y ríos llenos de aire fresco
y, más allá, debajo de las gradas,
el brillo del perfil de las monedas
en su cambiante mezcla de sonido
de metales difusos y verdecido dios.
La pátina del tiempo hoy nos oculta
la exactitud de algunos de sus trazos
que la sabia mirada recompone
con el vértigo de su imaginación.
(La angustia de vivir cada uno soporta
en la memoria que refleja
la lenta maniobra de las sombras
en el confuso espectáculo que ofrece
el continuo teatro del dolor.)
Yo vi pasar la vida por sus aristas veteantes
y recuerdo la forma que tenía
aquel abismo abierto a la mirada
del que no podría decirse qué lo llena:
si el dolor de las líquidas luces
que lo cruzan
o si sólo el espacio reducido
a ser sólo sonoro resplandor.
Allí yo vi cómo de la memoria me llegaba
la lenta luz de Grecia diluida
en cárdenas auroras de carmín.
El texto es hoy el único escenario
en que puede ensayarse
la música de nuestra partitura
y el triste simulacro de nuestra identidad.
Por eso, testigos de las gradas, hoy os oigo
leer en la penumbra que hay en el pensamiento
las invisibles letras
a que confío el hálito
de mi solo deseo de vida y de verdad.
A vuestra dulce sombra
quise pasar mi tiempo
y, con él, el amor, esa mentira tibia
que es la moneda única
que la nada nos da.
Todo lo que pensé, ya lo he perdido.
Sólo me queda esta pobre limosna imaginaria
que arroja sobre el limo de los días
esta ausencia que deja la belleza soñada.
Beleños más que lunas,
mármoles más que cielos,
en nácares perlados rielan sobre el mar.
Resuena allí el ruido de lo hondo:
una altura perfecta desde la que caer
a este otro escenario, tan deformado y torpe,
que ahora soy aquí, donde interpreto
¿a quién: al que recuerda a aquel
que al otro lado del papel he sido,
a aquel que escribe esto
o aquel que aún representa mi papel?
¿En cuál existo: en el de cada día,
o sólo en este que soy algunas veces
y que es el único
con el que de verdad me identifico
y, por ello, el único en el que llego a ser?
¿Cuál, cuál de ellos ha hecho
mi edición de Manilio?
¿Cuál de ellos me enseñó las lecciones
de Grecia? ¿Cuál de ellos me hizo
profesor de latín?
Cada vez la noche resulta más porosa.
Las páginas de los libros se me cierran
tanto como el recuerdo
de todos los pasajes que leí.
Un viento inmóvil mueve los diccionarios.
Alguien que se parece a mí
escribe unas palabras similares a éstas
que tú lees.
¿Soy yo Housman? ¿Eres tú mi lector?
Ambos somos lo mismo.
En este escenario sólo cambia
la repetición de un personaje
que siempre equivoca su papel.
Nuestra tragedia consiste precisamente en esto:
somos sólo figuras de papel.
Sonoras superficies nos ofrecen
el blanco de sus páginas
para que las manchemos
con nuestra pobre tinta
y hagamos sobre ellas
la ficción de un ensayo general
en el que cada uno
interpreta su propio personaje,
sin que éste en ninguno de ellos
llegue a tener jamás identidad.
El yo es, pues, el único escenario.
Sobre él cada uno se arrastra
como en una jaula del circo se mueve,
de un sitio para otro,
un solo y único animal
que se cree firme sobre sus cuatro patas,
sus uñas y su cola,
pero que ve con sus ojos,
a través de las rejas,
que algo, algo, existe más allá.
Aunque él lo intuye,
nunca lo sabe a ciencia cierta,
porque –aunque no distingue los muros–
los barrotes que sombrean su piel
tanto como su jaula
le hacen creer que él es el único que está.
El yo es un ausente
al que enviamos cartas
que sabemos que nunca han de llegar.
Hoy le escribo la última
porque sé que mi yo nunca vendrá.
Vuelvo a abrir mi edición de Manilio,
y le añado esta muy breve nota a pie de página,
algo que, como todo, distraiga al buen lector:
«Esta mañana he acabado, al fin,
mi edición de Manilio.
Sé que a nada ni a nadie servirá.
Estoy contento de ello, pues
siempre he creído en el gozo y el lujo
de la inutilidad.
¿Hay algo más inútil
que recorrer el mapa de uno mismo?».
El campo inglés atraviesa el cristal
de esta mañana de niebla transparente.
Unas gotas de lluvia me anteceden
todo cuanto este pobre día me traerá.
El bedel ya me llama.
Están a punto de cerrar la biblioteca.
Recojo mis papeles y los guardo:
cuando salga a la calle
comenzará otra realidad,
muy distinta de ésta, si es que no
ha comenzado ya.
Al fin logré acabar mi edición de Manilio.

from Pasos en la nieve (Barcelona: Tusquets Editores, 2004 ).

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