Spanish

Montaña al sudoeste

Si miro al sudoeste puedo verla.
Siempre está. Impasible cuando la lluvia cae,
terca bajo la luz clavada del verano.
Y es un bulto de sombra si la noche
la tiñe y la combate.
-------------------------También está si yo
la olvido. Y si la pienso, está más quieta
y mucho más presente todavía.

Se levanta ante mí sin suprimirme.
Volcán perpetuo de sí misma,
sabe entregarme
el magma frío de su gravedad,
para que lo contemple.

La estoy mirando ahora, después de la tormenta,
y puedo ver los árboles lavados,
el fúlgido destello del mineral urdido
de sus rocas,
su elevación, su cumbre.

Verdecida montaña, hogar de los torrentes,
concentración de ser que desconoce
mi ser y lo limita,
----------------------mirarte me consuela.

Excluido de ti, me reconozco.

Oda al aire quieto

Carece de perfil, nadie lo ve,
pero amasa un volumen de luz reconocible.
Es una espuma inmóvil, sin color,
un cristal que al rozar las cosas las sujeta
hasta hacer que se graben en sí mismas.

Me ha rodeado siempre
en los mudos rincones escondidos
en medio del paisaje
(burbujas de desdén contra lo abierto),
y allí, al respirarlo
------------------------hecha roca la roca,
fuente la fuente, nítida columna el árbol gris
y verdadera el ave-,
-------------------------allí, al respirarlo,
con un afán seguro, sin adornos,
lo real
en vez de transcurrir se ofrece al aire
de mi respiración, y el aire lo respeta
y nada se transforma.

La sorda luz del cuarto lo contiene también.
Hace que las cortinas caigan
sobre su lenta longitud; que el cuadro
hable para decir a lo visible
la palabra amarilla, el verbo ocre;
que la flor permanezca en sus pétalos secos;
que se anuncie en la lámpara su claridad futura;
que lo cerrado importe
y lo guardado tiemble.

Señalo tus dominios, aire quieto.
Nombro tus huellas para celebrarte,
a ti, puro espesor de lo presente
donde apenas estamos.

Marzo

Hoy quisiera elogiar la luz de marzo,
toda esta transparencia, esta inmutable
y clara y lenta forma de morir
que aprecio solamente en el invierno.
No sé de otra estación que pierda tanto
poder con tanta lógica, con calma,
con desapego. Sopla un viento frío,
como un adiós ceremonial apenas
atendido por nadie: los almendros
ya hablaron. Esta luz tiene sus breves
días contados. Yo quisiera darle
a una plata tan diáfana un lugar
en mi mente, y dejarla allí alumbrándome.

Poesía y verdad

En la naturaleza no hay nada melancólico,
aseguraba Coleridge.
-----------------------------He salido a mirar
entre las nubes mansas
una luz semejante a la luz triste
que escriben los poetas.
El resplandor solemne y repetido
del ocaso cubriendo el naranjal
es todo lo que había. Se ocultaba
el sol que tantas veces han descrito
los poemas que niegan lo que sostuvo Coleridge,
pero cuya silueta inofensiva y noble
he podido observar, y no era un apagado
cristal de pesadumbre.

Luego he puesto mis ojos
en algunas presencias más sencillas,
por si estuviera en ellas el hálito extinguido
que ensombrece las cosas esenciales
de la naturaleza, que les otorga un don
oscuro, una verdad umbrosa, ya cantada:
ni en la vegetación humilde, ni en los brazos
inmóviles del árbol,
ni en las piedras -que son el tiempo puro-,
ni en la casa ruinosa donde anidan los pájaros,
he visto en su dominio
a la melancolía.

Así que he regresado adonde estaba,
persuadido, sereno, y a la vez
envuelto enteramente en la nueva ignorancia
que esta certeza teje, porque he visto
que nada es melancólico en la naturaleza
mientras no la pensamos.
Quien la contempla tiene,
acaso como Coleridge,
----------------------------el sólo afán de ser testigo mudo
de su mudo fragor,
-----------------------pero al considerarla,
al detener su luz,
se abre allí, sin remedio, en la conciencia,
la exhausta flor mental de la melancolía.

Reflejos

Ha estado el día azul
en el químico azul de la piscina,
que empieza a almacenar en haz profundo
restos celestes de la tarde que huye.

Los bañistas recogen ya, sumisos,
su aflicción; los alcanza
un hálito apacible: el precio ha sido
la flor de su inconsciencia.

El agua vuelve a ser el agua sola.

Es el momento de las golondrinas,
la hora del cansado azul sin nadie.

Las veo volar meticulosas, rasas,
y abrir surcos muy breves
sobre el líquido cielo
donde nada perdura.
Beben apenas una gota y suben,
y en el plumaje blanco de su vientre
el azul último que está en el agua
se refleja, se adentra, y lo que son
gana en justicia,
aves de entero y repentino azul.

Contemplo así una cosa que se da:
un color que circula por el mundo.

Y en mí ¿qué se refleja?
Quizá estos pensamientos
son el azul que hay,
indefinido en mí,
malgastado, ya no reconocible.

El alrededor

Canta el alrededor, no hables de ti,
que no eres sino ovillo, una escondida
trama de rostro y voz, azar y sangre,
de donde emerges hueco a por oxígeno.

Canta el alrededor, llena tus bronquios
con ese gas de ser que flota al lado.

Los frutales de junio ya rebosan.
En las ciruelas amarillas hay
destilación y fin. Si te antepones,
tu día escribe, al reposar sobre ellas,
un ilusorio siempre en el ribazo.

Mira después la bruma al disiparse:
¿podrías albergar tanta advertencia,
tanta premonición sin vanagloria?

En las cosas el tiempo es otro tiempo,
separado del tiempo de tu edad.
No tiene años, tiene luz, no es ansia.
Canta el alrededor, no te dibujes.

Una poética

En las flores de jara
he visto que se esmeran,
bajo el foco
de mayo,
insectos diminutos
cuya obsesión
conmueve.

Yo me acerco a mirarlos,
con fijeza también,
y entonces
parece que libara,
de silogismos como estambres,
pequeñas
conclusiones.

Esos escarabajos ínfimos
se cubren
de abstracción.

Y quedan en la luz
minucias
de mis razonamientos.

De luz y de abstracción
está rodeado
todo.

Cementerio de Peliceira

(Los Ancares)

Bajo la vanidad del mediodía
digo en silencio nombres
de difuntos humildes.
A esta altitud la muerte no es rotunda.
No hay ningún epitafio. ¿Qué añadido mejor
para unas pocas letras y unos números toscos
que esta maceración
de sombras disminuidas junto a flores?
Aquí la muerte es más elemental,
rumia como el ganado. A esta altitud
no sabe aislarse. Muro
convertido en escombros
donde incuban los pájaros, la muerte
es de piedra rendida y se erosiona.
Por eso es imperfecta aquí, por eso
se separa y se suma.
En esta lejanía
morir
se parece a quedarse.

Corteza de abedul

Traje a casa, hace tiempo,
un poco de corteza de abedul.
Aun reseca conserva la misma palidez
a la que fui a asomarme entonces, gris
de octubre y altitud, lavado por las nieblas;
no ha perdido tampoco las trazas de aquel rosa
tenue. Está muerta
------------------------a la manera viva
de la materia vegetal, de corrupción difusa.

Traje a casa corteza de abedul
para tener al lado, junto a todo lo mío,
una cosa que fuera lo contrario
a mí,
antídoto de mí, piel convocada
de algo que me enfrentó y toqué, salud
venida de lo ajeno, un bien sin aura,
el sello de un presente en su verdad más simple:
el árbol y delante yo, y un hueco
separándonos, aire separándonos.
Corteza de abedul que fue abedul tan sólo,
mientras yo, siendo yo, acercaba mi mano.

Mantis observada de cerca

Sujeto con cuidado,
con dos dedos,
un ejemplar pulido
de mantis religiosa.

Criatura camuflada,
sorpresa entre la hierba
verde. Su mecanismo
de fingida atonía,
su angulado tesón
que regula fiereza,
su fe bronca, ¿me sienten?
¿Me está desconociendo
en su cerebro y soy
mera mancha del mundo?
¿O mira mi mirada
con su mirada ígnea,
con su único saber?

En esta mutua escena
al borde del camino
nuestro contacto es vano,
porque somos ajenos.
Su plegaria a la muerte
no me incumbe. Mi juicio
-de sólo unos segundos-
apenas si la toca.

Breve roce de dos
universos que huyen.

Mi ser inaccesible
deposita en la hierba,
con cuidado,
su ser inaccesible.