Spanish

Estrella fugaz

Aún es pronto, demasiado pronto para el ojo,
pero tarde, muy tarde ya para el pensamiento,
si veloz ilumina
esta árida extensión de la noche,
este manso terreno donde el girasol
se despereza, se astilla, se equivoca.

El susurro del polvo

Me sobreviviréis
sin excepción, objetos:
lámparas, llaves, vasos,
cuartillas, ceniceros,
líneas rectas y curvas
que ajenas dibujáis
mi camino y mi cuerpo.
Y sobreviviréis
también a la memoria
de todos los que un día
poblaran con vosotros
su lengua y sus vitrinas,
su muda arqueología.
Lo que venga después
no habita en las palabras
y puesto que la tierra
reclama cuanto es suyo
-forma, no sentido-
es inútil trataros
como a un testamento.
El bien y el mal
no pasarán de aquí,
ni el frío, ni el infierno.
Sujeto por la percha
de una interrogación
vivir es predicado.
Y por eso os arrastro
más acá del silencio,
mientras cuelgo mi ropa,
usada ya, sin dueño,
en un armario, al fondo,
donde solo se escucha,
como nieve que cae,
lenta, sin viento,
el susurro del polvo.

El jardín de lo que no hay

Como la luz
que es lo que es
porque no cabe

Como las flores
que siempre son
el primer día

O como el aire
lo nunca visto

Despertar
se parece
a cualquier cosa

Como los minerales
la fruta de las piedras

lo breve
esa estridencia
de lo mismo

me pregunto
de qué respiración
será este viento

Será porque te dije
no sé qué
mientras la euforia en flor
disimulaba
la falta de tema

y la tarde
como siempre
de algún modo lo balbuce
todavía

O será que me gustas
porque sí
y por otros motivos
que las piedras

callan
y las aguas

llevan
al crecer

que es redundar

Como las flores

Como la luz
que no cabía

me pregunto
si alguna vez
hemos sido

esas cosas humanas
irrepetibles

Sobre el amor

Hay en las piedras de este paisaje amarillento
estrellas que cayeron cuando tú no existías
aún. Las estoy viendo brillar, enrojecidas
por el sol del ocaso, muy lejos de tus ojos.

Estrellas que pesaban mucho más que la noche.
Fragmentos de constelaciones que no tuvieron
nombre y que reúno fugazmente en mi memoria,
como una gota de agua derramada en la arena,

antes de que la noche los vuelva inencontrables.
Lo sé, es vano este trabajo, es pretender
la plenitud del ave partiendo de una sola
pluma, el universo trazando torpes líneas

que van a dar a ti, estrella nunca sida.
Sé bien que es imposible imaginar el centro
de tanta gravedad desparramada, de tanta
periferia indiferente a su desposesión.

Algún día, el suelo que ahora te sostiene
vagará hecho pedazos a través del vacío
hasta depositarse en un suelo semejante.
Tus huellas llegarán más lejos que tus pasos.

Puede entonces que alguien de aspecto insignificante
abrigue entre sus manos un trémulo cristal,
un oscuro latido, el brillo inabarcable
de lo que en otro tiempo fue tu corazón.

Y una sola piedra le daría sentido a un mundo
que ya te estará amando sin saberlo, un mundo
erguido frente al centro y frente al caos.
Si no estoy a tu lado cuando el sol se anuncie

recorre sus caminos sin temor, descalza.
Si he perdido mi tiempo en los alrededores,
la voz en cada obstáculo que piso
lo he hecho únicamente para evitar que caigas.

Laguna

Y el ángel dijo entonces: te enseñaré qué pintan ahora los maestros antiguos. Y me llevó a otra sala, y me mostró un paisaje: una laguna de aguas verdiazules, con huellas de un naufragio, y una multitud en cada orilla.
Quiénes son, pregunté; por qué lloran.
Los que nacieron en el siglo de la muerte de la muerte, respondió; los que ya nunca podrán cruzar al otro lado.

Nuestros nombres

Ahora

imagina que fuésemos capaces de renunciar a cualquier ilusión, incluso a la de ser inmunes a las ilusiones.

Que callamos, y al callar descubrimos que el silencio también lo disfraza todo.

Que todo lo que existe tiene un nombre para cada cosa que existe y existimos, porque las cosas saben cada nombre

que cada una de ellas nos ha dado. Imagina

que al pronunciar un nombre, una sola palabra, recordásemos

lo que las olas insinúan, con sus innumerables lenguas, a los peces reunidos en la luz de los últimos reflejos, como oscuras sinapsis extraviadas

esta tarde de marzo: que nosotros también fuimos dichos, que nada de lo dicho pertenece a quienes administran las palabras, que verdad

es lo que no se puede poseer y por tanto, somos verdad ahora, al decir nuestros nombres como las cosas los dicen, sabiendo

que callar es poco hospitalario con los que ya no tienen qué decir.

Imagina que fuésemos capaces

de encontrarnos en lenguas que no han nacido aún, que nuestra larga canción de despedida naciese en realidad de un miedo más profundo

el de la permanencia, de donde las palabras nacen.

Que todo nacimiento es un perdón.

Mirar como se miran las cosas entre sí.

O este amor animal del que volvemos, sabiendo que no hemos perdido el mundo pero sospechando

que nunca merecimos su belleza.

Obedecí

Como justos que arrojan al fin sobre la tierra baldía su primera piedra,
como niños que no pueden dormir porque saben que no se librarán de nada,
los días van borrando el país donde el amor nos hizo. Pero el amor no sacia.
Leo de noche a los grandes poetas que escribieron desde el después de cualquier cosa
para dormirme pensando que al abrir los ojos las cosas nos recordarán.

A la altura, a medida

En museos, en libros de arte, trato de adivinar siempre en qué cuadros les gustaría vivir a las personas que admiro, los seres que amo, aquellos que recuerdo por soñar

todavía. A veces los descubro entre la multitud, en ceremonias campesinas, y a veces los convierto en ciudadanos de una ciudad ideal, la pincelada viva de una naturaleza

muerta, o unas simples figuras en un paisaje simple, cuyo único deseo es quedarse un poco más ahí, de pie, frente a los campos vacíos,

como si el hombre fuese sólo la forma humana del tiempo, y no la forma temporal del
hombre el tiempo que los ha soñado así, a la altura de la siembra, a medida de la siega.

El león, la herida y la rosa

No sé de dónde vuelven, tan abstractos,
ni quién empuja a quién, por qué se siguen,
por las calles vacías de sí mismos,
como voz al aliento hasta su casa.
Más que un cuadro componen un emblema,
como dos animales fabulosos
o demasiado ciertos para ser
precisos, como dos alrededores
que se juntan sin más a cada instante
para ver si el aliento está en su casa,
o dos despalabrados que se besan
por creer que una casa es solamente
allí donde el aliento llega antes.
No sé con qué decirlos,

si aún deben cumplirse en mi palabra
para estar en mi sangre como el rumbo
que recorrió su sangre hasta su cuerpo,
o se han cumplido ya, como sus gestos
en mi modo de andar o de dormir,
de llamar a las cosas por su ausencia,
por pura educación de lo que existe,
o de amar los milagros sin creer
en milagros; si son, más que un enfermo,
una silla, una mujer; o mi padre,
mi madre y una enfermedad cualquiera,
un león, una herida y una rosa
en un jardín municipal, fundidos
como el viento y el árbol

hacen carne. Es demasiado pronto
para que los recuerden, para ser
sólo un producto de la fantasía,
hijos de una literatura escasa
para lo que vivieron, padres de una
gran emoción política, testigos
de la resurrección. La primavera
se ha equivocado un poco en sus figuras,
los ha dispuesto en un lugar visible,
entre la furia y la delicadeza,
ajenos a la culpa y al perdón,
para ensayar su panta rhei qui tollis
peccata mundi con las otras cosas;
inmunes a mis ojos.

Epistrophé

El olor a naranja en las gotas de frío,
bajo el sol del invierno.

El sabor de la tierra al levantarme.