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Amor propio

I. CATALINA

Si bajo mis palabras no hace frío, es porque imitan tu forma de tejer.

Si mis canciones son sólo murmullos, es porque tú cantabas así mientras tejías, como acunando a los que no han nacido.

Si en mis palabras todo está presente, es porque nos miramos todavía, hasta llegar a ser

lo que ven dos espejos cuando nada se interpone en su reflejo mutuo.

*

II. HACIENDO PICÓN

Yo recogía ramas más pequeñas, terrones rotos con el zacho, y después me sentaba: la pira que él tejía como un nido, el humo somnoliento, las ascuas cenicientas que el aire pretendía pegar en el talón del cielo azul, huellas de rostros, rastros de caracoles perdidos en la escarcha: tan callando.

Él sonreía, absorto en su tarea de dar a luz al fuego, de dormirlo para llevarlo a casa, al calor de los suyos, como el hombre que sabe que va a morir al hombre: renunciando.

*

III. LAVANDERA

El bieldo y el rastrillo, la hoz, la majadera, las tinajas boyantes de aceitunas en agraz: qué música tañían, mientras la fruta del verano tardío se adurmía en la habitación de atrás, y el agua lavandera se escurría, con antojos de río, de las cumbres nevadas del pilón; música que los ojos no entendían, pero que oí, cuando ella me abrochó los últimos botones del jersey, con el olor de las sábanas recién tendidas, y la lisura de los mangos de los aperos, del vientre maternal de las tinajas, en sus manos vacías: manos humildes, que devolvían a las cosas el orgullo de ser ciertas.

*

IV. JUAN

En la cabra y la vid está tu pueblo,
en los ojos del búho, en lo manso del río.
En la higuera sin culpa está tu pueblo,
en la concha sin nombre, en la plaza vacía.

Debajo de tu rostro está tu pueblo,
al fondo de tus ojos, como en la tierra buena.
En la sonrisa muda de las sombras
que hasta en sus sueños fueron humilladas.

En la sombra del mundo está tu pueblo.
Las aves de tu frente abren sus alas,
y la vieja alabanza, en la noche errabunda,
vuelve para mostrarles el camino.

*

V. EL HORNO

Amasando la arcilla cosechada, fabricando ladrillos y tejas, en el horno. Así sobrevivieron a la historia: se juntaban, al llegar la noche, y a la luz del candil formaban un nuevo círculo, donde los vivos cuentan a los vivos, para siempre. Y cantaban después de la cena, y reían con humor irreverente, o lloraban un poco al recitar poemas en futuro que lloraban con ellos, de memoria, de tanta iniquidad acumulada, tanta renuncia, tanta indiferencia, y tanta compasión que nada pudo.

Plaza de Italia

De Chirico

Es tan sólo una geografía de dormidos cadáveres de níquel lo que se nos ha concedido.
Una anatomía trazada por imborrables cuchillos de luna.
Como los ojos extrañamente sorprendidos –a pesar de una tenue indiferencia que recuerda el paso de los siglos–
de las muchachas apoyadas en el pretil de los puentes en los primeros días de las postguerras,
en la noche estancada todas las cosas detienen el delirio de sus límites
como el puñado de pequeños objetos y baratijas que sobre una manta
–dedales, alfileteros y flores de papel–
ancianas de ojos opacos venden en las plazas los días de fiesta,
aseguran al viajero que están recién fregadas las losas de la plaza
y que podrá, entre los pórticos abiertos a todos los caminos de la tierra,
extender sobre las piedras pulidas por el vaho de la luna
el reducido bagaje de su amor no correspondido, de su soledad vieja como el mundo,
el reducido puñado de figurillas y papeles arrugados
con los que comerciar quizás un poco de amor compartido,
que podrá rodear despacio y abrazar con sus ojos esa frágil reciedumbre de las cosas
que, por una vez, en el tiempo detenido, van a ser su patrimonio.
Sí, van a ser su patrimonio, como la paloma que aquel niño grabado en la piedra
acercó a su boca a la hora de morir,
como los labios de las modelos lacerados sobre los carteles
un día cualquiera al amanecer, mientras la luz detiene sus carámbanos
sobre las losas de esta plaza, arrullando
la sombra detenida de los arcos y el mármol pulido de las columnas,
arrullando los arcos hasta el sueño.

El embarco para Citerea

Sicut dii eritis
Génesis III, 4

Hoy que la triste nave está al partir,
con su espectacular monotonía,
quiero quedarme en la ribera, ver
confluir los colores en un mar de ceniza,
y mientras tenuemente tañe el viento
las jarcias y las crines de los grifos dorados
oír lejanos en la oscuridad
los remos, los fanales, y estar solo.
Muchas veces la vi partir de lejos,
sus bronces y brocados y sus juegos de música:
el brillante clamor
de un ritual de gracias escondidas
y una sabiduría tan vieja como el mundo.
La vi tomar el largo
ligera bajo un dulce cargamento de sueños,
sueños que no envilecen y que el poder rescata
del laberinto de la fantasía,
y las pintadas muecas de las máscaras
un lujo alegre y sabio,
no atributos del miedo y el olvido.
También alguna vez hice el viaje
intentando creer y ser dichoso
y repitiendo al golpe de los remos:
aquí termina el reino de la muerte.
Y no guardo rencor
sino un deseo inhábil que no colman
las acrobacias de la voluntad,
y cierta ingratitud no muy profunda.