Spanish

La vida inesperanda en Central Park

Un árbol brota de la piedra
con su tronco robusto.
Nace la vida en medio de la roca
como semilla de mostaza
y erguida trepa al cielo
para deleite de los hombres.
Las ardillas se aferran a su tronco
y es la salvación en medio de la nada,
es la tregua en un suelo yermo.
Nace la vida inesperada y es la vida,
y está viva,
y la savia que asciende por sus ramas
es más cierta que la aprobación,
más real que el aplauso y las normas.
Un árbol que reverdece,
a pesar de que nació de entre la roca
por una grieta minúscula.
Quién sabe lo que hay detrás.

Lectura en llamas

Todo parecía estar como en espera de algo
Juan Rulfo

Vine a Manhattan porque dijeron
que aquí estaba el centro del mundo.
Yo misma me lo dije
y me prometí que iría a verlo
en cuanto ella muriera.
Me dejé abrazar en señal de que lo haría,
pues estaba por morirse
y yo en plan de prometerlo todo.
Pero no pensé cumplir mi promesa
hasta que comencé a llenarme de sueños,
a dar vuelo a las ilusiones
y, de este modo, se me fue formando
un mundo alrededor de la esperanza.
Por eso vine a Manhattan.
Y subida en el avión, allá en el cielo,
miraba un agosto desvanecido,
y aquello que veía
era España, y estaba triste.
Son los tiempos, señora.
¿Está seguro de que es España?
Deshecha en vapores,
colmada de hombres como demonios,
mi casa sobre las brasas de la tierra,
mis muertos, llenos de sangre,
y un rencor vivo.
Yo era el retrato viejo de mí misma
y el paisaje, solo un reflejo
de la desolación.
Aquí no vive nadie.

Tierra de Jauja

Un inmenso y barítono bostezo
desde aquel país anochecido;
la platea de verdugos que aplauden
a la joven cantera de actores
que abandona escenario y entremés.
Y me duele mi país en los talones
de los pies desnudos
que me palpan en el aeropuerto
por si algo llevara bajo manga,
por si fuera a atentar contra alguien
con esta cara de terror.
Entonces, recordar a nuestros muertos
quebrantando el racionamiento con soltura,
a la abuela cruzando el puente,
respondiendo como si nada;
bajo las faldas, embutido,
en la boca, la rabia y la verdad.
Que qué lleva usted en la mochila.
Longaniza
para atar a los perros.

Acuarela

Nueva York era una voz al otro lado del teléfono.
Allá donde voy siempre hay una puerta abierta,
me crece el musgo en las manos
y solo tengo una voz de la que alimentarme,
solo un rostro que llevarme a la boca
–nítido las más de las veces;
otras tantas difuso, sin embargo–.
Vi en sus ojos la ciudad
antes de conocerla,
casi plenamente se mostró ante mí,
abatida bajo sus muros.
Nueva York era una voz al otro lado del teléfono
y a veces, también, una sombra
levemente cromada,
como una acuarela tenue.
Hay restos de vida en mis manos secas
y la busco aunque al abrirlas
solo encuentro un puñado de nueces.
Pero hasta la calavera más abandonada
puede albergar un insecto,
e incluso las hojas que han caído
conservan sus colores
siempre y cuando se tenga la fortuna
de topar con el pincel adecuado,
o con unos ojos valientes
que se atrevan a mirar.

JFK

Todos estaban dormidos,
dirección a un sol eterno, sin embargo.
Ave fénix de hierro y combustible
los llevaba en el sueño de la muerte
compartido en silencio nocturno.
Muchos estaban descalzos,
como si se encontraran solos.
Hubo un ruido de motores reparados
y algunos nos buscábamos nerviosos
en las saetas de todos los relojes.
Aquel fue un vuelo impaciente,
como el de un ave vieja migratoria
que jamás había salido de su árbol
y anhela devorar gusano tierno,
por dulce y perjudicial que sea,
por muy lejos que se encuentre.
Hay que aprender a volar.

Guía de Nueva York

Digamos que son libros las personas;
que las calles
son páginas que están en otra lengua.
Pongamos que las torres son cipreses
inventados por el hombre en su deseo
de alcanzar en el cementerio urbano
el cielo, las alturas y la luz.
Imagina entonces que soy un edificio
y que me veo a mí misma contigo
penetrándome con la boca abierta,
asombrada por mis propios pasillos
y ventanas, y suelos, y cristales,
y que me coges de la mano,
y te adentras,
te conviertes en un índice
para que no me pierda,
y que comprendo al fin, gracias a ti,
los secretos de mi arquitectura.
Me parece entonces, además, que la portada
es un rostro sonriente
con alguna que otra lágrima
y que no hay ciudad más confortable
que el espacio que habitan nuestros sueños.
Nueva York ya no es un lugar común:
nosotros hacemos el sitio.

Contradicción

Nueva York, lecho de raso,
es también una libélula en la oreja,
es un vientre lleno de medusas
y las lágrimas de tres mujeres.
Es Brooklyn todavía en la pantalla,
como si un muro invisible
de cristal empañado.
La manzana y la náusea,
la migraña, la nostalgia,
el café caro, las moscas,
la putrefacción,
la golosina.
Nunca antes la sensación tan perfecta,
la comprensión del oxímoron redondo.
A veces, allá en la cúspide,
y otras tantas, las más,
en el subsuelo,
por debajo del concreto que pisas,
sepultada por la fuerza de tus pasos,
con ese caminado suave
que de todo me invita a dudar.

La Quinta

La ventana es un espejo negro
y yo soy la Quinta avenida ordenando papeles.
Las dos nos apoyamos sobre el cristal sucio
sin entender por qué nos miran así,
con todo este ruido,
con tanto desperdicio acumulado.
Quisiéramos las dos ser un lugar mujer,
nuevo, recién descubierto,
y que nunca nadie antes
nos hubiera pisado.
Pero eso, según las leyes de la física,
es prácticamente imposible.
Y a quién le importa.

Brooklyn

Me pregunto quién será menos feliz,
retrato de los parques:
si tú en faltarte la vida
para matar dasalmadamente a quien te anhela
y surca tus calles en invierno
soñando que florece la llanura
reseca de Prospect Park,
o yo en tenerla
para sentir las heridas
que en mi vista dibujas.
Porque nunca se está donde se quiere
y parece imposible no mirar.

Wall Street

Hombres en manada,
trajes para hormigas rojas
que a las piernas se encaraman
de los que portan sueños.
En el fondo de la fuente
los fantasmas se relamen
a sabiendas de que el deseo
casi nunca flota.
De un momento a otro,
un cielo gris de peso imperceptible
romperá a llorar
por la herida de todo rascacielos
que a mi paso se convierte en hombre.
Ni una sola calle
sabe pronunciar este apellido
que arrastro y despliego
como un paraguas roto.
Quién tuviera dinero suficiente
para invertir en lluvia.