1999

Reloj de autómatas

La cúpula redonda y azulada
resume en oro las constelaciones,
y los emblemas de las estaciones
trenzan su alegoría confinada.

Apolo y Dafne miran figurada
la tierra con sus sierpes y leones;
el mar, con sus nereidas y tritones,
asiste a Venus tersa y acerada.

Así el mundo cifrado en hermosura
ofrece musicada la impostura
para refugio de quien nada espera:

el latir de los flejes y espirales,
el calor de los jaspes y metales,
el consuelo del plano y de la esfera.

Leicester Square

Aquestos son los farautes
que yo envío al corazón.
Rodrigo Cota, Diálogo entre el amor y un viejo

En la tensión del nudo de tu blusa
duplican su latido tus tacones
sin alterar la esfera del helado
que te zampas feliz, guiñando un ojo.

Me has traído a este parque donde el amor se cierne
cimbreando la risa de los jóvenes
y aureola las ramas de los fresnos
con una red brillante de alegría.

Enciende en color rojo los buzones
y en amarillo el canto de los pájaros,
es flexibilidad en el pecíolo,
ondula en la constancia de las fuentes.

Me tiendes en la hierba donde se esfuma el mundo
resumido en el copo de una nube,
ausencia vertical en que el azul se acoge
a tu calor dormido en tu costado.

Juego a creer en ti fuera del tiempo
y en su tibieza horizontal asciende
la tarde con aplomo de burbuja,
flota para temblar y diluirse

cuando llegue la noche con su sonrisa ajada
--mi igual, mi compañera-- y me tienda un espejo
mientras una canción me hiere con su aviso:
You´ll never find a warmer soul to know.

Noche de los vencejos

Realidad, puerto de niebla, engaño de los ojos,
circunferencia de aire que desmiente el sentido
como hace huir el buque su horizonte,
con su inasible centro de palpable mercurio.

Nos llevas por el filo de una certera espada
que diluye el instante con su herida,
rasguño ausente en rápida memoria,
dóciles al dictamen del acero,

mientras lo que no ha sido inventa sus perfiles,
sombras en un telón de luz futura,
los inscribe en milagro de fragante volumen
caído al sumidero del presente.

No sé más realidad que tenerte abrazada.
Que se extinga este instante aun antes de haber sido
–círculo permanente sin sutura–
para que su promesa no termine.

Busco tu paz en la mansión del tiempo,
el rumbo que concilias en dos nortes de seda
mientras pían los pájaros ardientes,
dardo amarillo de cristal gozoso.

No escapan con el tiempo rectilíneo:
describen en azules más sonoros
fugas de redondez tibia y rasante,
obedientes al curso de mis manos.

Gira con ellas la piedad del tiempo,
licúa su metal y en él envuelve
la habitación exenta como isla,
redimiendo esta noche de la ley de la espada.

Frowning upon me

Enciendo tantas luces para verte
salir, entre un redoble de tambor,
del pastel, con chistera y tacón rojo,
y tengo otra mirada que te sabe
con más profundidad y más anchura,
abrazando la forma que se pierde;
me las apagas todas con sonrisa
de llevar la otra luz en un estuche,
envuelta en seda negra con su brillo.
Vuelves a sonreír, y si requieres
el arco de una ceja y me disparas
esa condescendencia flechadora
me desmenuzas y liliputizas
y me voy al rincón con un azote
en pantalones cortos sin domingo,
un setter arrastrando las orejas,
el gusano que vuelve a su manzana
y huye de aqueste mar tempestuoso,
pero no: me rescatas con tu risa,
un beso en la nariz y estáte quieto
tumbado ahí como una circasiana,
yo que quería, a guisa de varón,
estrujarte en un puño temblorosa
como King-Kong a la mujer de oro,
desgarrarte el satén con una uña.
Así estoy en tu luz crucificado,
espero y creo en tu misericordia
y sé que harás de mí lo que prefieras:
después de desgarrarme con un bucle
y encender en mi piel las cinco heridas
jugando con la lengua y las pestañas,
me dejarás vacío
con un golpe certero de los labios.

Sweetie, why do snails come creeping out?

Siempre llegamos pronto, o tarde, o nunca,
a trenes que han salido o que no existen,
los cogemos en marcha
hacia cualquier lugar sin estación ni nombre.
Dónde estaría yo, Caperucita,
cuando lanzabas torre abajo
la escalera de amor de tus dos trenzas.
Te desnudo, y el tiempo luminoso
que te envuelve se agolpa y cae en mí
con ácido rumor de aristas negras
al llegarte a quitar los calcetines
pequeños, de ir a clase de gimnasia,
de salir de excursión con un vestido blanco:
me duele la sorpresa
si aprendo en tus lecciones algún brillante truco,
un magistral alarde de gramática parda.
Cuatro cosas aún puedo descubrirte,
y dejarte grabados en la piel
esos dulces recuerdos que una mujer no olvida:
qué es el sabor a roble y el posgusto,
qué lleva la langosta Thermidor,
por qué nos arrastramos al acabar la lluvia,
para tomar el sol, los caracoles.

Melusina

Si viniste hasta mí en un rayo de Luna,
desde el fondo del agua, trasparente,
pisando espinas sin dolor ni peso
para salvarme de la soledad,

y yo era el peregrino que en un claro del bosque
miraba reposar sus armas juntas,
aterido, famélico y cansado
de fingir gallardía y fortaleza,

aclárame por qué, mi dama blanca,
cayó sobre nosotros el conjuro.
El tiempo no me había ennoblecido
y a ti no te asistía el unicornio:

debió de ser un pacto de inocencia
para burlar la candidez perdida,
con un tigre debajo de la cama
y un fogoso esqueleto muy vivo en el armario.

Se encendieron tus ojos, con redondez de lago
que rizara un susurro de rápidas corrientes,
mientras acariciaba tu pecho poderoso,
y al ir a desnudarlo me maldijo una lágrima.

Al caer tus vestidos rodeó tu cintura
un punzante reguero de gusanos y abejas;
sentí, al dormir contigo entre las flores,
demorarse en mi piel el filo de una garra.

Si vuelves a tu mundo, Melusina,
me harás un gran favor. Sé generosa:
sálvame de rozar entre las sábanas
una noche tu cuerpo de serpiente.

Alguna vez lo he visto desceñirse,
ondular en anillos plateados
y enseñarme los dientes, agudos como ascuas.
Aun así, fue un abrazo delicioso.

Déjame en un rincón con este libro,
el don más puro de la soledad.
Tendrás mi gratitud y mi nostalgia
cada vez que aparezcas en mis sueños.

Campos de Francia

Cuando me ocurre desandar el tiempo
y su corriente anega el laberinto
en que se descompone la memoria,
si brilla en su espesura ese rescoldo
que llaman felicidad los diccionarios
veo abrirse sin peso una puerta de bronce
y un rayo de Sol débil se diluye
en el azul fingido de una cúpula,
una tarde de Agosto en que sonaba verde
en tibieza y aroma la campiña de Francia.
La pulcritud de la ascensión del mármol,
cálida y abombada como la faz de un niño;
los haces de columnas y su vuelo
en suavidad de ámbar y de oro,
el órgano, turgente en su armonía
tersa en silencios verticales.
-----------------------------------Nunca
hizo tanto por mí ningún ser vivo.

Pasos sobre el papel

A Luis María Ansón

Hoy todas las palabras me vinieron a ver.
Iban todas vestidas y yo las desnudé.
Tenían agua dentro y yo se la quité.
Bebí toda su agua y me quedó su sed.
No me quedó su habla: me quedó su mudez.

Hoy todas las palabras me vinieron a ver.
Todas iban vestidas y yo las desnudé.
Ni debajo ni dentro había ningún ser
sino un lento perfume de luz sobre su piel:
un líquido contacto de tinta y de papel.

Nada más. Eso es todo lo que recuerdo ver.
Recuerdo las palabras: eran una mujer,
una luz, un perfume, una tinta, una piel.
Oigo pasos que vuelven y vuelven a volver.
No existen: vuelven sólo e insisten otra vez.

Las palabras son pasos dados sobre el papel
hacia nosotros mismos pero con otra piel.
Ellas y nosotros formamos un vaivén
en el tiempo que dura nuestro yo en otro quien.

En las palabras vive lo que vivió una vez
aunque nunca lo mismo tenga segunda vez.

Dios en la biblioteca

A Carmen y Fernando Rodríguez Lafuente

Este despacho de papel vencido
y esta luz de la tarde y estos libros
me producen -como las manos
de quienes los consultan-
una mezcla de lástima, curiosidad y horror,
pero me invitan también
a un muy breve momento de entusiasmo,
que me remite a un tiempo
en que quiero pensar que fui feliz.
Vivir era ligero: sin escorzos de niebla
y los días pasaban sin su dificultad.
Qué sostenía aquello nunca podré saberlo,
como tampoco puedo saber por qué no está.
El suyo es un placer que se inicia en su pérdida
y que sólo en la angustia se nos da.
Florece en el dolor toda belleza
pero no se transforma: produce otro dolor
cada vez más distinto y, en el recuerdo, igual.
Algunos lo llaman madurez, aunque nada madura
y todo se resiente, se erosiona, se quiebra,
incluidos nosotros,
que ya no somos ni siquiera dolor
y que duramos sólo a inercia del instinto
y nos sobrevivimos a nosotros mismos
como un caleidoscopio que forma sus figuras
con cada vez más breves fragmentos de cristal,
a fuerza de palabras.
A fuerza de palabras estoy viviendo en mí
mientras leo el paisaje de esta mañana muerta
como todos los que estamos aquí,
en esta Universidad, en este país,
en este siglo, en esta biblioteca.
En esta biblioteca donde quiero creer que fui feliz,
donde acaso lo fui, donde tal vez lo he sido,
donde quizá todavía lo soy, donde lo estoy siendo
mientras escribo este poema que quiero creer
que dice algo de mí - no mucho: lo suficiente sólo
para que parezca que tampoco he vivido. Pero he vivido:
vivo mientras escribo este poema que vivirá conmigo,
que me está viviendo, porque yo vivo en él
y que me escribe, aunque pueda pensarse lo contrario,
esta mañana en esta biblioteca,
donde somos leídos, escritos y borrados
por la mano lejana, última y próxima de Dios,
que deja este poema en una mesa de esta biblioteca
y yo lo leo, lo copio, lo transcribo
para que lo conozcas tú, que no has nacido aún,
que no estás, que acaso nunca estés,
que tal vez no estarás y que, si estás, te servirá de poco,
porque la ilusión de vivir es la falacia de todo poema
como su máxima mentira es su lector.
Un poema es una forma de verdad
que necesariamente engendra su propio personaje:
quien lo dice, quien lo escribe, quien lo oye, quien lo lee.
Ninguno de ellos es el yo que habla en el poema,
pero todos están, como está la secretaria
y el bedel y el estudiante en esta biblioteca
y hasta yo mismo, que soy el único que sé que no estoy,
que no estuve, que no he estado, que no estaré,
pero que pienso que estoy en el poema
y en la biblioteca, en la biblioteca y en el poema,
como estará o ha estado o está, sin haber estado
o tal vez estando, pero sin saberlo, el lector,
el único que tiene razones para creer que no está,
que no ha estado, que no estuvo,
cuando es quien más ha estado y el único,
después del poema, que puede pensar
que ni ha estado ni estuvo ni estará
como yo esta mañana en esta biblioteca,
donde recibo o sufro -es difícil saberlo-
la visita de Dios, y la escribo
para un lector que es -él y no yo-
el único sentido del poema:
su desarrollo, su destino, su realización,
porque no hay filología superior a la existencia
ni lector que no sepa que el poema, que él lee, nunca está:
él es el poema, como yo lo fui antes
y como tú, lector, lo eres ahora
aunque no hayas pisado -como tampoco yo- esta biblioteca,
porque estás hoy aquí, conmigo,
en este poema y en esta biblioteca,
donde nos perdemos, acaso para siempre, los dos.
Tú, yo, el lector, el poema,
la vencida luz de la tarde, Dios, la biblioteca,
todo invita a un muy breve momento de entusiasmo,
sereno escalofrío, laberinto y desesperación.
Todo aquí es recuerdo de una muerte minúscula.
El poema, también:
en él todos estamos muertos, como ahora,
¿me entiendes bien, lector?, ¿me entiendes?

De vita philologica

A Jenaro Talens

La vida me ha hecho lírico -o como otros dicen, egotista- ahogando en mí, gracias a Dios Todopoderoso, a aquel sabio en ciernes. Pero a las veces echo de menos a aquel muchacho de veinticinco años, tan leído, tan erudito, tan científico, tan objetivo -creo que se dice así-, tan cargado de citas y de teorías de otros.

Miguel de Unamuno

Lo que debo al latín son muchas cosas.
Para empezar, mi sensación de lengua,
tan diferente a la ilusión del habla,
y la idea de que todo lenguaje
es ―y es sólo ― un acto de pensar:
un pensamiento erguido sobre un sinfín de ejes,
tan exactos como sus mecanismos,
que construye, sobre sonidos puros,
la arquitectura de una identidad.
Pero no sólo eso ―que es inútil y cierto,
y cerebral también y hasta pedante―
sino el recuerdo del resplandor de tardes
en que aquello que el texto me oponía
era un placer semántico que me transfiguraba
como un limbo de inteligencia pura
en el que la sintaxis de las frases
y las palabras se correspondían
y en el que cada esfuerzo presuponía otro
y éste entrañaba el placer de encontrar
otra dificultad.
Yo crecí bajo la sombra de los diccionarios
y creía que el mundo
era un texto preciso con sintaxis exacta
que cada tarde había también que analizar.
Crecí feliz entre un viento de páginas.
Luego me cambiaron el código
y la clave de cifra
y me quedé sin nada que leer.
Soy feliz por instantes, pero
mi traducción del mundo
resulta cada vez más imperfecta:
me equivoco en los verbos,
no acierto con los modos,
se me borran los tiempos
e, incluso, me confundo de caso o de flexión.
Cuando esto ocurre ―y me ocurre a menudo―
recuerdo aquellas tardes de sintaxis perfecta
y hermenéutica lúcida,
en que el perímetro del tiempo
eran mis diecisiete años
y el espacio del mundo,
sólo mi habitación.
La lectura de un texto nos hace personajes
y la vida, también.
Nuestra vida es un texto al que le faltan páginas
y las lagunas existentes dejan
no sólo abierto el blanco de los márgenes
sino que, hasta en el mismo texto conservado,
surgen siempre imprevistos vacíos que hay que completar.
Feliz de aquél que puede
fijar su vida como si fuera un texto,
desechar disparatadas conjeturas
y optar por una sola y única lección.
Yo he perdido mi texto, y la vida me arrastra
mientras yo la recuerdo como a sus paradigmas
y al antiguo muchacho que imaginé yo mismo
y que llegó a llamarse incluso como yo.
Lo peor de ser joven es que no se distingue
entre la realidad del ser y su gramática
y se hace metafísica del detalle más nimio
y se eleva a sistema del dato más trivial:
se confunden los ejes de sus dos mecanismos
y, al intentar cambiarlos, chocamos con los límites
de nuestro pensamiento y vemos lo perfecto
de todo raciocinio y lo imperfecto de todo lo real.
Por eso he amado el río de la lengua
y he recorrido a pie casi todo su curso
en un fallido intento de llegar a sus fuentes
y beber la primera palabra originaria
por si en ella se oía, sin manchar por el hombre,
un sonido perdido, algo
que todavía pudiera valer como verdad.
Yo no lo escucho, pero sé su existencia.
De nada sirve todo el conocimiento
ni la interpretación más sólida o brillante,
ni la idea más lúcida ni el juicio más feliz.
De nada sirven,
cuando se viste sólo de prestado
o se vive en un alma fiada o de alquiler;
cuando no hay propiedad sin hipoteca
y hasta la muerte viene con su factura del agua o de la luz.
El latín concedía cierta pasión al orden.
En el orden de ahora la sintaxis funciona
por completo al revés:
sólo hay pasión allí donde hay desorden,
y el ritmo de las frases es un anacoluto
en el que los meandros de la vida
alteran la consecutio temporum
y la atracción de modos impide
la exacta percepción de lo real.
Me gustaría poder abrir sin más el diccionario
de una lengua que careciera de gramática;
de una lengua cuyos sonidos fueron sólo
el ritmo de la pausa de una sucesión
y de la que pudiéramos saber toda la historia,
su evolución, sus fases, sus etapas… todo
salvo el preciso sentido de sus términos:
una lengua, como nosotros mismos,
condenada a su forma y a carecer de significación.
La hermenéutica es una ciencia pía: una
experiencia casi religiosa,
cuya praxis consiste en alterar el orden
de la sintaxis órfica
y convertir el sentido del mundo
en un catálogo de frases de liturgia
y en el ficticio orden de un ritual.
En el latín… ¡qué seguro era el mundo
y su belleza exacta
cómo recomponía el orden que rompe lo real!
Nada más bello
que aquellas trampas de la inteligencia
con puentes levadizos y palancas
movidas y accionadas por una leve cifra de su vocabulario
y un sistema muy próximo al del propio pensar.
¡Qué perfectos los casos y las declinaciones
y cómo los añoro cada vez que en la vida me siento naufragar!
Son como mástiles que aguantan la tormenta
y avanzan en la noche a través de la bruma
como un buque fantasma que tuviera velamen
y no tripulación.
¡Cómo siento de firme la fuerza de su lengua!
¡Cómo viene y dirige mi torpe maniobra,
rectifica mi rumbo y aguanta mi timón!
El latín es un agua profunda
que sostiene todas las superficies
y que crea en los mapas
la ilusión o certeza de que hay un punto exacto
o alguna idea firme
o una isla segura
o la existencia de un lugar
más allá del lugar
que se hunde y flota
al ritmo y al vaivén de las palabras
y que reaparece cuantas veces
perdemos de vista el horizonte
o el dolor nos borra de los ojos
las figuras que forman
la ficción o relato de nuestro recorrido
y nos fija como un punto de amarre
a una playa lejana que se mueve,
como la luz dentro de la memoria,
entre el latido regular de un péndulo
y la átona música de una muerte perfecta
cuyas aguas sonaran siempre al mismo compás.
Eso por consignar sólo la metafísica
y no los años sórdidos en que viví de él.
No: no es la especialidad
lo que de su filología me interesa
sino la vida que hay entre lo márgenes
de un libro hecho de tiempo
cuya lengua podemos, sin hablarla, leer.
Ese libro del que todos podemos ser gramática,
esa lengua que ya sólo se escribe,
ese tiempo que es ya sólo lugar.
Feliz de quien no tiene que traducir el mundo
ni siente necesidad o afán de interpretarlo
porque sabe que lo que afirma al hombre
no es el sentido sino la sucesión.
Vivir consiste sólo en sucederse,
como un anfibio, en las aguas de un yo terco y fugaz
que se confunde sólo con su costumbre.