2002

Abre todas las puertas

Abre todas las puertas: la que conduce al oro,
la que lleva al poder, la que esconde el misterio
del amor, la que oculta el secreto insondable
de la felicidad, la que te da la vida
para siempre en el gozo de una visión sublime.
Abre todas las puertas sin mostrarte curioso
ni prestar importancia a las manchas de sangre
que salpican los muros de las habitaciones
prohibidas, ni a las joyas que revisten los techos,
ni a los labios que buscan los tuyos en la sombra,
ni a la palabra santa que acecha en los umbrales.
Desesperadamente, civilizadamente,
conteniendo la risa, secándote las lágrimas,
en el borde del mundo, al final del camino,
oyendo cómo silban las balas enemigas
alrededor y cómo cantan los ruiseñores,
no lo dudes, hermano: abre todas las puertas.
Aunque nada haya dentro.

El bosque

El bosque me contó la vieja historia.
Dijo que hubo otro tiempo en que los hombres
se aventuraban entre su espesura
en busca del oráculo divino.
Pero nadie llegaba a ver el centro
de la selva, donde la pitonisa
resolvía las dudas de los fieles.
Porque no había centro, porque el bosque
era y es un inmenso laberinto
sin principio ni fin, y porque el orden
de las cosas excluye las respuestas.
Y es así como, ciegos e ignorantes,
nos dirigimos hacia el precipicio
de la nada, perdidos en el bosque
de la traición, el odio y la mentira.
Eso me dijo el bosque en un susurro,
mientras yo iba camino de Damasco.

Estoy aquí

Estoy aquí, mi amor, estoy aquí,
velando tus naufragios en las noches
en que nadie responde, en las heladas
madrugadas vacías, en las tardes
de desesperación y de locura.
Pon en duda, si quieres, que la Tierra
gire en el desolado precipicio
del espacio infinito alrededor
del Sol, o que los astros sean fuego,
o que el amargo río de la vida
desemboque en la muerte. Pero nunca
dudes de que, en la fiebre del fracaso
o en la sed de la angustia, en el abismo
de la ansiedad y del desasosiego,
estoy aquí, amor mío, estoy aquí.

Aunque tú no me veas ni me oigas.

Fuga

La luz, al menos, es la misma,
ligera y fiel,
y el viento echa a perder los nomeolvides
que ella cuidó disciplinada. Buscaré
dóciles ideales para matar el suyo
de abandono. El perdón
obsceno luce un quiste:
la idea del regreso.

Sus quejas vegetales, me repito,
y aunque no explica, da seguridad.

Tomo impulso.
Cubre las azoteas humo
blanco. Los sentimientos,
como el aire, están llenos de microbios.
Por todas partes.

Un dos piezas

Al final del poema estaré yo.
Me reconoceré por la misma tos seca
que da ritmo a los cambios
y por una sonrisa diluida
en pudor criminal. Autorretrato:
la excusa por la voz venida a menos,
moral de desayuno y hermetismo
sin centro. La sorpresa
no la provoca el interior partido,
sino lazos de humo
como arterias del ánimo,
líneas voluntariosas como olas en racha:

ponen a régimen la historia del carácter,
tensan las decisiones,
dan al azar grisura de amigos con pareja.

Una mañana
me dejó a orillas del hogar
-no en uno de esos despertares
que abren un falso día paralelo
y desmenuzan la memoria,
sino en la merecida realidad
de tres años después
con gente más estúpida,
vapor, muebles sin gusto, laxitud,
tacto dominical algo forzado-
y yo pasé de incógnito ante lo repentino de las huellas
y di a la confianza camuflaje de asombro.

¡Arrópame, dolor,
carne despierta,
no me abandones en la sequedad
ni en una tristeza
de patio interior!

El ombligo no nutre, más bien da
separación: abajo
bien dotado para la elegía;
arriba, las pestañas,
escobas desdentadas,
barren casquillos.

Biografía: pretexto
para los funerales del destino.
Una suma de fugas.
Esperar que alguien vuelva.

Y al esperar no sabes quién se aleja.

Haikular

Her gece
Aynı ağrıyla
Kayıyor bir yıldız.

-
*

Nasıl da beyaz!
Durmuyor kanı
Şimşeğin

-
*

Yaprak düşüyor,
Kalbimi tutuyorum.
Eylül: bir kadın?

-
*

Bu ne gürültü.
Tırtıllar, kuşlar
Düşünüyoruz

-
*

Güzle sevişen
Erik ağacı.
Soyunsan da güzelsin.

-
*

Eski bir gökyüzü
Buldum-
Son sözümdü bu.

¿Pudiste ver la mueca?

¿Pudiste ver la mueca?
¿Tenía dientes ojos la batahola,
eso despellejado pegándote,
la tanda convulsiva del esperma?
Así, sin el novio tu vello nupcial,
sin la cuchilla fresca del deseo,
tan inofensiva, tan aterrada;
no llores, abuela, cada tres horas se endurecen
duelen mis pechos, duele
el chillido de tu hambre que me llama,
la sed de lavarte con sangre dentro de mi cuerpo.

Salí disparando con pasos largos

Salí disparando con pasos largos,
abuela, corré,
no te des vuelta,
están ahí, corré,
te están mirando;
hacia el otro lado, disimulá,
ahora disimulá, no grites,
Quién te auxiliaría ahora
si estás sólo vos
para hacer el juego;
aflojá eso adentro, tené paciencia,
sólo son cuerpos
que te amenazan, te vigilan,
sólo con sus cuerpos
presionan y atestan.
Como un esclavo sin amo
que no suplicara,
que no tendría a nadie
a quién rogar,
tené paciencia y olvidate;
pronto el último estará a raya,
en su quemadura ya el último
y habrás muerto.
No intentes juntar las piernas,
ya están desprendidas, ¿no ves?,
aunque hayan sacudido
la aceitunada piel de la furia,
no te desacomodes, ves
de a poco no va quedando nada,
guardate en los dedos,
quedate inerte,
guardá el estrangulamiento de las uñas,
y no te hagas más la muerta.
Es lo mismo,
será lo mismo, ahora
yo seré la suplente, abuela,
la que se expresa en tu lugar omitido,
la que hace tu papel en mi garganta.

Después de la escena

Después de la escena
tiraron tu ropa en un basural,
y vos, casi sin darte cuenta,
te dormiste.
Después de la escena
te dejaste doblegar
el vientre, su grieta lineal,
lo doméstico de tus vellos
entre los muslos.

Una sonámbula
que ya no siente el desgarrón,
una sonámbula duerme
en el cuarto de los niños, anda con corsé;
pasea por la casa
con la lengua de él adentro,
con su lengua rechinando los dientes.
Sentiría vergüenza, ese rubor
de quien tiene algo que perder,
si tuviese un rostro.
Pero en esa casa
ella camina con los ojos
salpicados de gotitas sin luz,
más oscuro que la ausencia de luz,
más oscuro, más viscoso.

Después de la escena, otros
profanaban, ensartaban
su cuerpo, su ropa en un cordoncito
en la soga del patio de la casa familiar
en la soga del patio de la terraza
la terraza que miraba a un callejón,
y la lengua adentro,
y un disco plano; tu cara
un disco plano que sirviese para arrojar,
un disco de atletas, de gladiadores,
un disco que fuese más rápido
cuanto más rápido lo lanzasen,
una lámina circular de piedra o de metal,
una oblea, una placa,
cosas muchas veces repetidas,
cosas como larvas, como suturas,
la fétida constricción del rostro.