2004

Bampo

Hay en el agua nubes
y hojas de cilantro.
Y, como en los veranos
de mi infancia,
el aire huele a hollín.

Bajo su lenta bóveda
rosas y tuyas forman
un transparente
centro geométrico
y su color me llega,
más que en la vista,
con la respiración.

Aspiro el loto
de roja lava nívea
y sé que un día
de hace varios siglos
estaba, estuve
o estaré aquí.

En otra Salamanca

A Juan Luis Fuentes Labrador

Como la página de un libro
movida por el viento ante los ojos
pasó el fantasma de nuestra juventud
y su realidad, que es lo que evoco
y que me lleva a un tiempo que soy yo,
que era yo, que he sido yo
en la perfecta agilidad del aire,
cuando todas las cosas tenían su interior
y se oía un movimiento oscuro
sonar en lo profundo de las hojas
y era sabia la luz y sabio, el ser,
y el tiempo, un claroscuro
sin antiguos espejos reflejando su fondo.
Cuando todo tenía presencia y gracia,
misterio y solidez. Cuando
no se había instalado aún el mecanismo,
tan torpe como fiel, de la costumbre
y se veía el mundo como un todo sin nombre
y las cosas, como
la inexpresada música de agua
que era el exacto idioma
de aquella íntima y compacta relación
que ahora echo de menos y que busco,
porque el hombre sólo conoce lo imperfecto
y nunca sabe en qué momento de su vida
recibe la visita de su demonio o de su dios.
Nunca lo sabe. Tampoco yo lo supe,
porque la juventud ignora lo perfecto.
Por eso ahora recorro este camino
de imágenes lejanas que me llevan,
al que estoy siendo
en esta tarde también de Salamanca
en que el sol y la piedra
me conceden su brillo
y yo vuelvo a sus torres
envuelto en la caricia de aquel único oro
que el tiempo ha ido puliendo en mí como un cristal.
Mendigo de su espacio, limosna de su luz es lo que siento.
En otra Salamanca pasó mi juventud.

Antonio Tovar llega a Salamanca 1942

Cuando yo ví la tierra donde ondea,
páramo azul, la luz indivisible,
vidriera de la voz de lo vivible
en la carne que el tiempo taracea;

cuando dije: "¡mirad! aquí se crea
el espacio que funda lo visible,
la veta de la vena inamovible
que pule cada forma de la idea";

cuando miré su tersa torre blanca
reflejada en el agua que se lee
y el río, mitad tinta, mitad planta,

quise que Roma fuese Salamanca;
Atenas, basa, fuste, plinto, planta
y Parménides, Diego de Siloé.

Alfred E. Hausman acaba su edición de Manilio

A Juan Antonio González Iglesias

En la noche porosa yo opté por Manilio.
Su texto estuvo siempre encima de mi mesa.
Todavía lo leo, lo reviso, lo anoto.
Tantas veces
como las nubes por el cielo
han pasado mis ojos sobre él.
Ahora camino ya con paso lento
hasta por la filología,
que es el suelo
en el que más seguro me sentí.
Ya no tengo ni alumnos, ni clases ni visitas
salvo Auden: ese chico me aprecia
tal vez más que yo a él;
escribe-creo-
pero no me lo enseña,
y mejor que así sea, porque
¿qué podría decirle? A mis años
sólo se sabe de vejez.
El latín en las tardes me acompaña
como Italia en los días del verano
y el sur de Francia en los recuerdos
de los viajes de mi juventud.
Ellos y el latín vienen a verme:
damos paseos juntos por el río del habla.
La lengua es ya lo único
que no tengo muy mal.
La vida es bella porque es injusta.
Platón se equivocó: se equivocaba.
No sabía
que es ese movimiento de las formas
el que da a las cosas toda su plenitud.
Somos imágenes, no demasiado fijas,
que se mueven al ritmo que les marca
un no firme compás.
Somos tiempo, no espacio,
y vivimos en símbolos.
La luz nos ilumina tanto
como la oscuridad. Tal vez
somos un texto que alguien edita
como yo a Manilio.
Sí: tal vez somos un texto
pero ¿cuál?
El texto es hoy el único escenario
para representar ante mí mismo
imágenes cambiantes de mi vida
y fragmentos perdidos de mi idea
de lo que creo fue la Antigüedad.
Los mitos ya no existen
pero sus dioses aún nos acompañan.
Desde su vieja imagen veo alzarse
un proyecto de luz que los convierte
en algo más que sombras y que nombres:
en un rumor de piedra o de paloma
que extiende su dominio por columnas,
mármoles, peristilos y pórticos y atrios
e infunde a las ruinas de los significados
un impulso de vida más intensa
que la que ofrece o tiene la real.
Ésa es la vida
a la que yo intenté llegar y acomodarme,
buscando entre sus sílabas de polvo
restos de una palabra que me hablase
de un tiempo detenido entre las páginas
de un paisaje, de un cielo o de un lugar.
Mis ojos vieron resbalar por ellos
mañanas luminosas que llevaban,
envueltas en sus túnicas doradas,
naves y ríos llenos de aire fresco
y, más allá, debajo de las gradas,
el brillo del perfil de las monedas
en su cambiante mezcla de sonido
de metales difusos y verdecido dios.
La pátina del tiempo hoy nos oculta
la exactitud de algunos de sus trazos
que la sabia mirada recompone
con el vértigo de su imaginación.
(La angustia de vivir cada uno soporta
en la memoria que refleja
la lenta maniobra de las sombras
en el confuso espectáculo que ofrece
el continuo teatro del dolor.)
Yo vi pasar la vida por sus aristas veteantes
y recuerdo la forma que tenía
aquel abismo abierto a la mirada
del que no podría decirse qué lo llena:
si el dolor de las líquidas luces
que lo cruzan
o si sólo el espacio reducido
a ser sólo sonoro resplandor.
Allí yo vi cómo de la memoria me llegaba
la lenta luz de Grecia diluida
en cárdenas auroras de carmín.
El texto es hoy el único escenario
en que puede ensayarse
la música de nuestra partitura
y el triste simulacro de nuestra identidad.
Por eso, testigos de las gradas, hoy os oigo
leer en la penumbra que hay en el pensamiento
las invisibles letras
a que confío el hálito
de mi solo deseo de vida y de verdad.
A vuestra dulce sombra
quise pasar mi tiempo
y, con él, el amor, esa mentira tibia
que es la moneda única
que la nada nos da.
Todo lo que pensé, ya lo he perdido.
Sólo me queda esta pobre limosna imaginaria
que arroja sobre el limo de los días
esta ausencia que deja la belleza soñada.
Beleños más que lunas,
mármoles más que cielos,
en nácares perlados rielan sobre el mar.
Resuena allí el ruido de lo hondo:
una altura perfecta desde la que caer
a este otro escenario, tan deformado y torpe,
que ahora soy aquí, donde interpreto
¿a quién: al que recuerda a aquel
que al otro lado del papel he sido,
a aquel que escribe esto
o aquel que aún representa mi papel?
¿En cuál existo: en el de cada día,
o sólo en este que soy algunas veces
y que es el único
con el que de verdad me identifico
y, por ello, el único en el que llego a ser?
¿Cuál, cuál de ellos ha hecho
mi edición de Manilio?
¿Cuál de ellos me enseñó las lecciones
de Grecia? ¿Cuál de ellos me hizo
profesor de latín?
Cada vez la noche resulta más porosa.
Las páginas de los libros se me cierran
tanto como el recuerdo
de todos los pasajes que leí.
Un viento inmóvil mueve los diccionarios.
Alguien que se parece a mí
escribe unas palabras similares a éstas
que tú lees.
¿Soy yo Housman? ¿Eres tú mi lector?
Ambos somos lo mismo.
En este escenario sólo cambia
la repetición de un personaje
que siempre equivoca su papel.
Nuestra tragedia consiste precisamente en esto:
somos sólo figuras de papel.
Sonoras superficies nos ofrecen
el blanco de sus páginas
para que las manchemos
con nuestra pobre tinta
y hagamos sobre ellas
la ficción de un ensayo general
en el que cada uno
interpreta su propio personaje,
sin que éste en ninguno de ellos
llegue a tener jamás identidad.
El yo es, pues, el único escenario.
Sobre él cada uno se arrastra
como en una jaula del circo se mueve,
de un sitio para otro,
un solo y único animal
que se cree firme sobre sus cuatro patas,
sus uñas y su cola,
pero que ve con sus ojos,
a través de las rejas,
que algo, algo, existe más allá.
Aunque él lo intuye,
nunca lo sabe a ciencia cierta,
porque –aunque no distingue los muros–
los barrotes que sombrean su piel
tanto como su jaula
le hacen creer que él es el único que está.
El yo es un ausente
al que enviamos cartas
que sabemos que nunca han de llegar.
Hoy le escribo la última
porque sé que mi yo nunca vendrá.
Vuelvo a abrir mi edición de Manilio,
y le añado esta muy breve nota a pie de página,
algo que, como todo, distraiga al buen lector:
«Esta mañana he acabado, al fin,
mi edición de Manilio.
Sé que a nada ni a nadie servirá.
Estoy contento de ello, pues
siempre he creído en el gozo y el lujo
de la inutilidad.
¿Hay algo más inútil
que recorrer el mapa de uno mismo?».
El campo inglés atraviesa el cristal
de esta mañana de niebla transparente.
Unas gotas de lluvia me anteceden
todo cuanto este pobre día me traerá.
El bedel ya me llama.
Están a punto de cerrar la biblioteca.
Recojo mis papeles y los guardo:
cuando salga a la calle
comenzará otra realidad,
muy distinta de ésta, si es que no
ha comenzado ya.
Al fin logré acabar mi edición de Manilio.

Montaña al sudoeste

Si miro al sudoeste puedo verla.
Siempre está. Impasible cuando la lluvia cae,
terca bajo la luz clavada del verano.
Y es un bulto de sombra si la noche
la tiñe y la combate.
-------------------------También está si yo
la olvido. Y si la pienso, está más quieta
y mucho más presente todavía.

Se levanta ante mí sin suprimirme.
Volcán perpetuo de sí misma,
sabe entregarme
el magma frío de su gravedad,
para que lo contemple.

La estoy mirando ahora, después de la tormenta,
y puedo ver los árboles lavados,
el fúlgido destello del mineral urdido
de sus rocas,
su elevación, su cumbre.

Verdecida montaña, hogar de los torrentes,
concentración de ser que desconoce
mi ser y lo limita,
----------------------mirarte me consuela.

Excluido de ti, me reconozco.

Oda al aire quieto

Carece de perfil, nadie lo ve,
pero amasa un volumen de luz reconocible.
Es una espuma inmóvil, sin color,
un cristal que al rozar las cosas las sujeta
hasta hacer que se graben en sí mismas.

Me ha rodeado siempre
en los mudos rincones escondidos
en medio del paisaje
(burbujas de desdén contra lo abierto),
y allí, al respirarlo
------------------------hecha roca la roca,
fuente la fuente, nítida columna el árbol gris
y verdadera el ave-,
-------------------------allí, al respirarlo,
con un afán seguro, sin adornos,
lo real
en vez de transcurrir se ofrece al aire
de mi respiración, y el aire lo respeta
y nada se transforma.

La sorda luz del cuarto lo contiene también.
Hace que las cortinas caigan
sobre su lenta longitud; que el cuadro
hable para decir a lo visible
la palabra amarilla, el verbo ocre;
que la flor permanezca en sus pétalos secos;
que se anuncie en la lámpara su claridad futura;
que lo cerrado importe
y lo guardado tiemble.

Señalo tus dominios, aire quieto.
Nombro tus huellas para celebrarte,
a ti, puro espesor de lo presente
donde apenas estamos.

Reflejos

Ha estado el día azul
en el químico azul de la piscina,
que empieza a almacenar en haz profundo
restos celestes de la tarde que huye.

Los bañistas recogen ya, sumisos,
su aflicción; los alcanza
un hálito apacible: el precio ha sido
la flor de su inconsciencia.

El agua vuelve a ser el agua sola.

Es el momento de las golondrinas,
la hora del cansado azul sin nadie.

Las veo volar meticulosas, rasas,
y abrir surcos muy breves
sobre el líquido cielo
donde nada perdura.
Beben apenas una gota y suben,
y en el plumaje blanco de su vientre
el azul último que está en el agua
se refleja, se adentra, y lo que son
gana en justicia,
aves de entero y repentino azul.

Contemplo así una cosa que se da:
un color que circula por el mundo.

Y en mí ¿qué se refleja?
Quizá estos pensamientos
son el azul que hay,
indefinido en mí,
malgastado, ya no reconocible.

Er zit bloed in je lippen

Er zit bloed in je lippen
en toch fluit de wind

toch roffelt de metro
onder de tafel zo
dat je hoofd omvalt
en ook een zacht woord
explodeert in je oor

je haren liggen verspreid
over het kleed
toch opent je oog
en meet in het lamplicht
het stof dat trilt in de lucht

en de stof die op je daalt
te klein voor de tafel
te fijn voor de wind.

De tramontane

Voor de kust rust de duiker in zijn verhaal
en tekent kaal de bergwand aan het strand.
De wind snijdt het verhaal en slijt en slijpt
bladeren van de platanen – het raamkozijn.

Ik kwam met de wind mee voor dit verhaal.
De reis vertelde een man liep over de berg
en het verhaal loopt dood op zee. De wind

speelt heer op zijn graf. En de duiker raakt
bekneld tussen het steen, de helpers duiken
op en de wind verplettert de deining de zee.

De duiker schildert windvlagen voor de kust.
De bergwand bloeit. En het graf is een trede
naar het koraal in een spelonk op de bodem
boven de kleurgravure van het bloemgordijn.

Blues in Half-Tones, 3/4 Time

From nothing comes nothing,
don't you know that by now?
Not a thing for you, sweet thing,
not a wing nor a prayer,
though you got half
by birthright,
itching under the skin.

(There's a typo somewhere.)
Buck 'n' wing,
common prayer–
which way do you run?
The oaken bucket's
all busted
and the water's all gone.

I'm not for sale because I'm free.
(So they say. They say
the play's the thing, too,
but we know that don't play.)
Everyone's a ticket
or a stub, so it might as well
cost you, my dear.

But are you sure you lost it?
Did you check the back seat?
With a bitch. Gee, that sucks.
Well, you know what they say.
What's gone's gone.
No use crying.
(There's a moral, somewhere.)