2010

El alrededor

Canta el alrededor, no hables de ti,
que no eres sino ovillo, una escondida
trama de rostro y voz, azar y sangre,
de donde emerges hueco a por oxígeno.

Canta el alrededor, llena tus bronquios
con ese gas de ser que flota al lado.

Los frutales de junio ya rebosan.
En las ciruelas amarillas hay
destilación y fin. Si te antepones,
tu día escribe, al reposar sobre ellas,
un ilusorio siempre en el ribazo.

Mira después la bruma al disiparse:
¿podrías albergar tanta advertencia,
tanta premonición sin vanagloria?

En las cosas el tiempo es otro tiempo,
separado del tiempo de tu edad.
No tiene años, tiene luz, no es ansia.
Canta el alrededor, no te dibujes.

Una poética

En las flores de jara
he visto que se esmeran,
bajo el foco
de mayo,
insectos diminutos
cuya obsesión
conmueve.

Yo me acerco a mirarlos,
con fijeza también,
y entonces
parece que libara,
de silogismos como estambres,
pequeñas
conclusiones.

Esos escarabajos ínfimos
se cubren
de abstracción.

Y quedan en la luz
minucias
de mis razonamientos.

De luz y de abstracción
está rodeado
todo.

Cementerio de Peliceira

(Los Ancares)

Bajo la vanidad del mediodía
digo en silencio nombres
de difuntos humildes.
A esta altitud la muerte no es rotunda.
No hay ningún epitafio. ¿Qué añadido mejor
para unas pocas letras y unos números toscos
que esta maceración
de sombras disminuidas junto a flores?
Aquí la muerte es más elemental,
rumia como el ganado. A esta altitud
no sabe aislarse. Muro
convertido en escombros
donde incuban los pájaros, la muerte
es de piedra rendida y se erosiona.
Por eso es imperfecta aquí, por eso
se separa y se suma.
En esta lejanía
morir
se parece a quedarse.

Frente a un espigón

El mar, la extraña balsa.

Entre verde muy turbio que fue azul
-inmenso cielo digerido- sobresalen
los bloques de granito, y pugnan sus aristas
contra la somnolencia de esta hora
fermentada y caliente.

Hombres borrosos lanzan
o recogen anzuelos.
Prueban la suerte de extraer
criaturas que brillan un segundo, convulsas.

Yo extraigo, en cambio,
con sedal deductivo, la encalmada tensión,
el alma hipnotizada de esos hombres sentados.

Pescar parece triste. Ver pescar
es detenerse en un silencio de otros,
es triste, es no pertenecer.
Desde aquí, esas figuras, con camisas abiertas
y sombras en la cara, están formando parte.
Formar parte es más puro que pensar.

Hay un constante pez, un pez-concepto
nadando en mi cabeza. Entra al cebo,
lo muerde con la contemplación. Tiro
de él.
--------Cómo destellan sus costados.
Es luz, toda esta luz, la extraña cúpula.

De zee is paars bij Piraeus

De zee is paars bij Piraeus

Een vlag kruipt uit de klokkentoren
als de wind draait.

Een man stapt over een hond.
Een vrouw wrijft gebogen over haar ooglid.

In een parapluwinkel valt een paraplu van de toonbank.

Op een smalle tak zit een duif
die erafvalt, fladdert en opnieuw gaat zitten
de bes die te ver op het uiteinde van de twijg zit
de tak die doorbuigt, de kraag die opbolt als de duif verschuift.

Een meisje stapt in de metro met een bureaula.

Op het dikke zand aan de branding
schuift een visser horizontaal zijn hengel uit
een fiets staat naast hem op de standaard.

Hij staat wijdbeens alsof hij plast.
Vogelpootafdrukken in het zand.
De hengel kromt boven de zee.

Er loopt een trap de zee in

Er loopt een trap de zee in
een golf slaat over een trede

een schip dat aan zijn kettingen trekt
zijn romp uitzet

een chauffeur opent het portier van de rijdende auto
en spuugt de betelnoot op de wegglijdende grond

een rollende sigaret spuwt vonken in het rond

bladeren kletteren tegen de passerende wagon
een man houdt in de metro zijn helm op

er is de regen die het vuur dooft

er is een hond die over twee schapen waakt
het veld langs draaft

een trap aflopen

je afzetten op een tree.

Canción del que espera

A Lorenzo Martín del Burgo

A noventa centímetros bajo tierra
escucho el íntimo rumor del mundo.
Zumbidos de cañerías y desagües
resonantes como tubos de órgano,
el bronco temblor de las taladradoras
levantando el asfalto en la autopista,
el trepidar de trailers y autobuses.
Todo llega hasta mí lejanamente,
con esa lejanía irreal de los sueños.

Ahora están cavando junto a mí:
el silbido chirriante de la pala
al hundirse en una tierra con guijarros
y ese brusco chocar de la madera
cuando al fin toca fondo.
Y la tierra de nuevo, acompasadamente,
cubriendo el hondo hueco.
Y luego nada, sino pasos
Y murmullos alejándose.

Acompañan los íntimos ruidos del mundo,
esa agria música de terror y furia,
aunque apenas si llenan tanta soledad.
A noventa centímetros exactamente.
Lejos de lluvia y sol, ajeno e impasible
en un pequeño reino guateado
en el que no cabe la nostalgia.

Postal sevillana 1972

A la memoria de Vicente Tortajada

Con rigidez artrítica yergue su campanario la Giralda,
toda ella hecha de desnuda carne rosa.
El cielo, de tan azul, parece sufrir de cianosis.
Una sola paloma solitaria rubrica con su vuelo
el africano sopor del casi mediodía.
Junto a la catedral, las calles huelen
a azahar y a orines de caballo.
Ni canónigos ni toreros, guías a comisión del 25%
conduciendo desfallecientes racimos de turistas
por callejones en los que hasta los gatos
simulan ser de los tiempos del rey Pedro.
En los bares de la Judería, camareros de tiza en la oreja
rezan atropelladamente las tapas del día
santificadas entre vírgenes y carteles de toros.
El suelo, que espera eternamente ser barrido,
es una honda playa de aserrín y huesos de aceituna
en la que resulta grato alargar sin fin las rondas de cerveza.
Los guardacantones de las descascarilladas casas señoriales
comulgan todavía con auténticas ruedas de molino.
De sus hondos zaguanes que dan a patios con cancela
se desprende una penumbra nostálgica de oasis
con el refrescante auxilio de azulejos y macetas.
El asfalto de las doce cuarenta y cinco
presiente ya la cera derramada de las procesiones.

La mañana, aún intacta, tiene una transparencia de metacrilato.

Contrasentido

Pues así hiere, Amor es mi enemigo
Y mi cuerpo su campo de batalla.
Duro su pabellón negro restalla
Contra el más duro aire. Trae consigo

Su negra tropa mía y yo persigo
Lo mismo a lo que huyo. Tanto calla
Mi corazón, que siento cómo estalla.
Tan sólo así sin él, solo conmigo.

Tan solo así con él y tan desnudo
De todo lo que fui, que ya ni siento
Lo que pensó sentir mi sentimiento

Cuando puse mi pecho por escudo.
Pero lo quise así y lo quise tanto
que no querrá quebrarle mi quebranto.

Silogismo

Puesto que la mera posibilidad de un milagro es ya un milagro
y dado que la felicidad posible es ya enteramente la felicidad,
sin duda alguna,
poderte amar es amarte.

Lo sé con la limpia, total y desasida certeza
con que conoce el filo de la guillotina
la cabeza de desconcertados ojos abiertos
que aún rueda resonante sobre la madera basta del cadalso.

Lo sé como si te amara, como si te hubiese amado,
como si te estuviese amando todavía
desde mucho antes de que en tus ojos yo naciera,
desde el primer amanecer, rojo, del mundo.