2014

Estamos realizando obras en el exterior. No utilizar esta puerta excepto en caso de emergencia

Madurar
era esto:
no caer al suelo, chocar contra el suelo, contemplar el pudrirse de la piel
igual que un fruto antiguo.
Colchón justo para los dos; años que chocan la lengua contra los dientes una y otra vez que se tambalean en la boca
años
del sentido incorrecto.
Con tres hilos de cabeza he tejido mi tiempo:
piensa en vosotros a mi edad, piensa en tres hilos de cabeza, qué te falta, qué te queda; piensa en tres hilos. Quizá
eso, madurar:
quizá Ulises boca abajo, quizá la orilla boca arriba,
eso que queréis me esperará diez años. Pensad en diez caídas; pensad en
diez hilos de cabeza. ¿Aquello? ¿La madurez? ¿Márchate, olor a lavavajillas,
déjame con mi sueño?
¿O quizá en la boca uvas para el postre del color
de la rodilla que cae al suelo,
de la rodilla que choca contra el suelo? Me tambaleo. Y era yo el zumo en la garganta, y era yo el frío, era yo
las uñas y el estómago, quién era yo en mis años
con tres, en mi tiempo con diez hilos de cabeza. Hasta mi habitación
por la escalera de incendios un hombre
y su sentido contrario. Diez hilos de cabeza, veinte hilos de su pecho atados a mi pecho,
juro que amé los golpes de sus piernas. Digo que madurar era esto: que no pude negarme, digo que mis tres hilos de nada entre los dedos, y juré chocar y el suelo
lo juré. Pensé al suelo la caída
y el choque contra el suelo. Pensé el aliento pensé dije
tres hilos de cabeza: tambaleo.
Pensé en mi edad y pensé en vosotros y pensé
que nadie me avisó de madurar así, junto a la vida y el frío en el cajón
de la fruta que se pudre.

Maceta de hortensias en nuestra terraza: ascenso

Morado o violeta o azul sucio, más
bien: una maceta de plástico negro con una hortensia
que se asoma al balcón. La vida costaba
dieciocho euros y no había
nada que temer. Para la supervivencia compré un manual
sobre jardinería; bastaba con anotar cuándo
crecer en un tiesto de cerámica, cuándo el pulgón y cuándo
los esquejes.

Porque toda mujer se casa con su casa,
desde la terraza
mi salón con ropa de domingo:
mesa en el centro, mantel blanco, muchos platos rebosantes,
mi amor feliz,
sereno,
y en el primer plano de la fotografía
una maceta
de plástico negro con una hortensia
morada o violeta o más bien azul sucio
que se asoma al balcón.

En su sitio el estribillo de los electrodomésticos, el servicio
de dos para cada comida, todavía dos
—él, yo: las plantas cuentan por su cuenta— sentados al almuerzo,
todavía los designios familiares —flechazo, noviazgo,
aceptación, convivencia: más tarde matrimonio, hijos, nuevos
volúmenes en el álbum de sus casas— todavía sentados
al almuerzo. Todo en su sitio.
Mientras tanto, en la casa, el hombre duerme.
La mujer
no.

Maceta de hortensias en nuestra terraza: caída

Fiel al mecanismo de la época en la que los narradores omniscientes
habitaban en cada personaje
ensayé la justificación: un balcón lleno de plantas
cultivando su propio idioma.

En él

--------con él

-----------------hablaba. No atendía a los consejos por teléfono;

nunca comprendí
las advertencias de los manuales de jardinería.

Pese a los genes que indicaban mi buena disposición
ante una maceta de hortensias en las peores condiciones,
no conseguí más que unos brazos de plástico negro y unos pechos como hortensias de color morado o violeta o azul sucio
cuando miento y respondo como si algo fuera bien.

Ninguna mujer se casa con sus plantas.

Ante el pulgón, dos únicos remedios: arrojar la planta a la basura
o cederla a mis mayores. En esta situación
—para el insecticida es tarde—
una madre sabrá cómo actuar.

Mientras tanto, en la casa, la mujer duerme.
El hombre
ya no está.

Maceta de hortensias en nuestra terraza: pulgón

Zarpa una flor desde Brasil hasta Francia,
y con su simbolismo condena a la mujer
que la riega en una maceta de plástico negro
asomada al balcón.

De haber escogido un jazmín o una begonia
para la terraza de nuestro piso de alquiler,
de haber atendido a la florista
—la han arrancado de su hábitat: por mucho que te empeñes, nada sobrevive en un clima al que no pertenece—
qué escribiría hoy
dónde viviría hoy
con quién sería.

Pero la hortensia es solo una flor.
Y los rastros del daño de la piel de la planta
dejan también su rastro de daño en las manos que la cuidan
aunque la hortensia sea solo una flor.

Porque cuando todo va bien
algo se mancha.

De modo que sí, que esto es el fracaso: una mota oscura y leve
sobre la piel,
más hebra de tizne que se marca cuando la yema del dedo insiste en ella
y se aferra en lugar de borrarla;
más hebra de tizne que lunar
como ningún libro explicó,
más mancha que hebra, que tizne o que lunar, más
es.

Mientras tanto, en la casa, el hombre duerme.
La mujer
no.

Un cuervo en la ventana de Raymond Carver

para Erika

Nadie se posa en el alféizar —son veintiocho años
de espacio adolescente—,
pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído
en todos los poemas
se colara por el patio de luces y asomara
por el alféizar de mis veintiocho años,
un pájaro
mi habitación adolescente.
Y qué ocurriría si yo escribiese aún
—si me preguntan, respondo que ya no—
y un pájaro cualquiera, ninguno de los pájaros sobre
los que haya leído en todos los poemas,
un cuervo o una de las palomas negras que asoman en la oficina,
interrumpiese en la escritura
como el que se posó en la ventana de Carver.
¿Ganaría su lugar en el poema?
¿Dejaría de ser pájaro?
Alza el vuelo. Ya no hay
habitación en el alféizar.

A virginia, madre de dos hijos compañera de primaria de la autora

Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplaza
desde nuestro barrio alejado del centro
al centro;
al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la vida

bang

donde la vida

se expande y obedece a todos los fenómenos –etcétera– que dicta
la astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos porque éramos de etras; lo proclaman los inexpugnables mecanismos que atañen a vocablos tan comunes
como universo, vida, muerte, amor.
Ocupáis tres asientos frente a mí
en la parte trasera del transporte público: el niño a la derecha, en el centro la niña, la madre a la izquierda.

Ahora tú, hija pequeña de Virginia: chándal rosa gastado –igual
que los plumieres de tu madre– con un personaje
que mi edad y condición soltera ignoran.

Ahora tú, hijo mayor de Virginia, intuyo en tu barbilla y tus orejas
los rasgos que heredaste de tu padre, y me pregunto
si Virginia los maldice
–Virginia, ¿los maldices? –
a la hora del baño.

Pero tú, Virginia, tan rubia, ¿lo recuerdas?
Allá donde entonces combatíamos piojos

ahora

bang

ahora

escondemos el tiempo.

Aquí tú lees una revista, Virginia, aquí tú no me reconoces: ¿te sirven los consejos del cuché,
oh tú, tan rubia e inocente?
Virginia, siempre con mi edad y ahora con dos hijos, sin anillo en el dedo, con un bolso colmado de galletas:
Virginia, hijo mayor de Virginia, hija pequeña de Virginia,
años luz caídos
años luz quebrados en la comisura de los labios,
cerrad los ojos y pedid un deseo

frente a mí

en el autobús destartalado que nos salva del barrio periférico y nos acerca
al centro, lejos de los bancos en los que los adolescentes beben y las noches golpean los jardines,
cierra los ojos, Virginia,
porque en estos veintiocho minutos de trayecto he pensado en nosotras,
en ti que no me reconoces veinte años más tarde, en tus canas donde la gente que nunca te habló, en tus canas donde la gente
reía y se burlaba.

Cristal del autobús junto a Virginia, espejito de ambas,
tus uñas rojas comidas al fregar los platos, una gota de laca roja en tu dedo anular,
oh Virginia, oh rubia e inocente,
yo he pensado en nosotras,

bang

yo he pensado en nosotras.

No sé si sabes a lo que me refiero.

Te estoy hablando del fracaso.

Memoria de tus ojos al despertar

Quítame la guirnalda de tu risa
de encima de la tumba, róbame
el póstumo recuerdo de tus besos,
entrégame a la noche del olvido
total, que es finalmente lo que toca
en esta coyuntura de la muerte,
pero hay algo que nunca lograréis
ni tú ni la tiniebla que me cubre,
y es que me muera sin hacer memoria,
aunque sea un segundo, de la cara
que me ponías al abrir los ojos
cada mañana, de esa cara llena
de vida, de esos ojos iniciándose
en la fiesta del mundo, en la alegría
de existir, y que ahora, al otro lado
del espejo, de alguna forma mágica,
guían mis pasos en la oscuridad.

Moisés

Dame la mano. Hay que cruzar el río
para llegar al otro lado, y siento
que las fuerzas me faltan. Cógeme
como si como si fuera un bulto abandonado
en un cesto de mimbre que se mueve
y que llora a las luces del crepúsculo.
Cruza el río conmigo. Aunque sus aguas
no replieguen su cauce ante nosotros
esta vez. Aunque Dios no nos asista
y una nube de flechas acribille
nuestras espaldas. Aunque no haya río.

Runas

Letras de los antiguos, runas sacras
que referís las gestas de los hombres
y abrís ventanas a los otros mundos
que hay más allá, y saciáis nuestros deseos,
y alimentáis nuestra desolación,
dadme por guía a un animal salvaje
—un lobo, una serpiente, un jabalí—
para cruzar el bosque de los mitos
y llegar sano y salvo al otro lado.
Me siento Runenmeister esta noche,
crucificado como Odín y Cristo,
buscándoos a la sombra de la muerte,
de modo que os penetro y os entiendo.
Abrid, pues, vuestras cifras primordiales
a mi vieja ganzúa, hecha de odio
y de amor a la vez, y haced que surjan
fuentes en los desiertos, y que me hablen
los difuntos, y que este desvaído
infierno sin colores y sin formas
en que me encuentro vuelva a florecer,
tan verde y tan frondoso como antes.

Basura genética

Durante tres milenios los tipos más valiosos,
más fuertes y más listos de la especie
—la flor y nata de la juventud—
se fueron a la guerra
y murieron sin gloria
en los remotos campos de batalla,
mientras que los enfermos y los débiles,
los corruptos y los cobardes
se quedaban en casa y se reproducían.
De ahí venimos nosotros.
Llevamos tres milenios perdiendo a los mejores
para que los inútiles
salven la vida y sigan engendrando.
Por eso somos todos,
treinta siglos después,
lo peor de cada tribu:
desperdicios, basura irreciclable.