2014

Pasión 1, 2, 3, 10

1

Esta ha sido una semana
con dos hexágonos.
Cuando llegó la cifra siete
puse el pie en el infierno y su metamórfosis.
En la llama, que era ya una rosa,
te amé.
Entramos en el ser y no ser.
El felino acechaba.
En tus ojos
se fundió la esmeralda
de la visión.

2

Es la hora cuarta
pero tú estás en mí
aunque nada sé
de la constante que se esconde
en la hache barrada
ni de la letra griega:
el pájaro arrebata el contenido.
Dormimos en los números
transfinitos
mientras las cerezas
en derredor
siguen las órbitas en elipse.
Mi ignorancia luminosa
es el sol
que amanece como tú
en mi seno.

3

Siempre está en el Este
el punto de exclamación.
El loto se cierra
sobre la teoría de las sombras.
Blancos jazmines y perfumados
son tus números y letras
que inician la danza
mientras el azul se los lleva
al teorema de Gödel.
Puse la mano en el fuego.
El perro negro se fundió
para que despertaras desconcertado
y me lamieras.

10

El baile de las manos
no sujeta las briznas de hierba
–mil millones de angströms tal vez,
acristalados por tus párpados.
Vuelve la melodía que ignoras
con su clave intransigente.
Coronado de plumas aparece
el cuadrado de la raíz de veinticinco
más menos dieciséis.
¿Qué significa el punto
junto a la línea del quebrado?
Así me provocas
para que muerda
las dunas de tus hombros
y llegue por la yugular
hasta lo más secreto de tus tuétanos.
Tírame la letra griega
y párteme en dos,
que la lechuza no se asusta.

Conocimiento 1, 2, 5, 9, 10

1

Todas las claves musicales,
los compases, las notas,
los números motores de ritmo
quedan inmóviles
ante la alondra elevándose,
amanecer que amordaza
la voluntad frente al deseo,
llamada cóncava
a la que acudo
para que me devoren
tu cuerpo y tu mente
dentada
de ecuaciones.

2

No hagas más cálculos:
todos los astros están
fuera de sitio
debido a tus raíces y potencias,
tus lúdicos vaivenes...
pero si cae alguno,
Galileo desde lo alto
de las escaleras
lo detendrá con la cifra exacta
y las ninfeas encenderán
su cárdeno color
y ensancharán sobre el agua sus hojas
dando la bienvenida
a la renovada calma.

5

¡Viva la supuesta crueldad
del danés
que no dudaba!
Cuando nos acercamos,
entre sí se miran
los miles de millones de partículas
que somos;
la interferencia acaba
hasta con nuestros rastros,
y en la mortaja queda sólo
una viva llama
que elevándose
alcanza
el enigma glorioso.

9

Mi pie es el pie de la primavera
de Botticelli
en el prado de campánulas
cuando lo besas,
alabastro sagrado
para tu boca
ávida del cáliz,
licor candente,
ascua luminosa,
que no cuenta los pasos
enjoyados de rubíes,
fórmula secreta del árbol corporal
confundido por la luna
de lobos
que se acechan
heridos
mortalmente
de amor.

10

Vámonos más adentro
y con la hojarasca confundidos
dejemos que la noche arrastre
el río clamoroso de los alientos
y la blancura de la comunión
no atenazada por los grillos
que encadenan la oscuridad,
confundidos ya en esa desmateria,
que se impone
como amapolas en la losa,
entramado de raíces que se aman
y mutan en clamor incesante
que gira con el cosmos
y se expande.

Alegría 1, 2, 3, 4, 5, 6, 8, 10

1

El beso de la noche en el mar
que se ensancha y abarca
hasta la hondura
y se llena de corales y estrellas
y algas y peces
y se condesa en la perla del fondo
para abrirse en arco iris
donde giramos
emergiendo luz una y plural...
Y si es violeta
en la caverna oscura
crece el oro de la plegaria,
y si es naranja
la frescura de la inocencia
llena de alegría la copa
donde
ese instante
absoluto
se refleja.

2

Llega la mansedumbre
de la absoluta ausencia,
pero la música nos obliga
a cuerpo de pluma,
vuelo de cometa
que arrastra la nieve y su humear.
Y nos colma
un manjar deleitoso,
fruto robado
de los labios
por la entraña, que desmaya
como hierro candente
y funde y confunde
para que no se pueda ya
adivinar una forma.

3

Y somos
el fuego de los fuegos
y el negro del negro
sometidos
a gravedad de amor.
En vano intenta el ala
de la energía oscura
protegernos
apuntalando los espacios.

4

Amapolas azules,
aura dehiscente,
emanación,
puro gozo, perpetua fuga,
viento arremolinado,
que con todo se mezcla.
Y detrás de la ventana,
en el silencio,
junto a la mesa de la ofrenda,
la luz se apaga,
y nos atrapa el vacío:
posibilidad
resonante
y abierta.

5

Bosque o mar o rio,
todas las plantas, los animales,
los montes todos,
y las arenas,
cristales concordes,
microscópicas cifras
de una integral única,
coalescencia invocada
por el soplo interior
de la materia.

6

Y así se conforma el universo
en boca única,
aliento que enlaza
y tiende lazos al infinito;
rapto que nos rapta
hacia la constelación del gozo
ni tuyo ni mío,
sino del ser
que en lo más ignoto
con nexos inconexos
nos sustenta.

8

Voz una vez más, y fuerza
navegando los espacios.
Con mis imanes convoqué
a las cigüeñas
y a los meteoros,
la llamarada azul
que los guía;
y convoqué tus huesos y tu carne
y los circuitos de tu cerebro
y a aquél que florece
con las rosas...
¿O eres tú quien me evoca
y en esta algarabía superior
me engendras y me encarnas
en lo desconocido?

10

Y en el giro irradiante
se disuelven los aspectos,
mas no son copos de olvido
los que flotan y se alejan;
es el ángel de la música
que cuenta las notas
que caben en este himno.

Estamos realizando obras en el exterior. No utilizar esta puerta excepto en caso de emergencia

Madurar
era esto:
no caer al suelo, chocar contra el suelo, contemplar el pudrirse de la piel
igual que un fruto antiguo.
Colchón justo para los dos; años que chocan la lengua contra los dientes una y otra vez que se tambalean en la boca
años
del sentido incorrecto.
Con tres hilos de cabeza he tejido mi tiempo:
piensa en vosotros a mi edad, piensa en tres hilos de cabeza, qué te falta, qué te queda; piensa en tres hilos. Quizá
eso, madurar:
quizá Ulises boca abajo, quizá la orilla boca arriba,
eso que queréis me esperará diez años. Pensad en diez caídas; pensad en
diez hilos de cabeza. ¿Aquello? ¿La madurez? ¿Márchate, olor a lavavajillas,
déjame con mi sueño?
¿O quizá en la boca uvas para el postre del color
de la rodilla que cae al suelo,
de la rodilla que choca contra el suelo? Me tambaleo. Y era yo el zumo en la garganta, y era yo el frío, era yo
las uñas y el estómago, quién era yo en mis años
con tres, en mi tiempo con diez hilos de cabeza. Hasta mi habitación
por la escalera de incendios un hombre
y su sentido contrario. Diez hilos de cabeza, veinte hilos de su pecho atados a mi pecho,
juro que amé los golpes de sus piernas. Digo que madurar era esto: que no pude negarme, digo que mis tres hilos de nada entre los dedos, y juré chocar y el suelo
lo juré. Pensé al suelo la caída
y el choque contra el suelo. Pensé el aliento pensé dije
tres hilos de cabeza: tambaleo.
Pensé en mi edad y pensé en vosotros y pensé
que nadie me avisó de madurar así, junto a la vida y el frío en el cajón
de la fruta que se pudre.

Maceta de hortensias en nuestra terraza: ascenso

Morado o violeta o azul sucio, más
bien: una maceta de plástico negro con una hortensia
que se asoma al balcón. La vida costaba
dieciocho euros y no había
nada que temer. Para la supervivencia compré un manual
sobre jardinería; bastaba con anotar cuándo
crecer en un tiesto de cerámica, cuándo el pulgón y cuándo
los esquejes.

Porque toda mujer se casa con su casa,
desde la terraza
mi salón con ropa de domingo:
mesa en el centro, mantel blanco, muchos platos rebosantes,
mi amor feliz,
sereno,
y en el primer plano de la fotografía
una maceta
de plástico negro con una hortensia
morada o violeta o más bien azul sucio
que se asoma al balcón.

En su sitio el estribillo de los electrodomésticos, el servicio
de dos para cada comida, todavía dos
—él, yo: las plantas cuentan por su cuenta— sentados al almuerzo,
todavía los designios familiares —flechazo, noviazgo,
aceptación, convivencia: más tarde matrimonio, hijos, nuevos
volúmenes en el álbum de sus casas— todavía sentados
al almuerzo. Todo en su sitio.
Mientras tanto, en la casa, el hombre duerme.
La mujer
no.

Maceta de hortensias en nuestra terraza: caída

Fiel al mecanismo de la época en la que los narradores omniscientes
habitaban en cada personaje
ensayé la justificación: un balcón lleno de plantas
cultivando su propio idioma.

En él

--------con él

-----------------hablaba. No atendía a los consejos por teléfono;

nunca comprendí
las advertencias de los manuales de jardinería.

Pese a los genes que indicaban mi buena disposición
ante una maceta de hortensias en las peores condiciones,
no conseguí más que unos brazos de plástico negro y unos pechos como hortensias de color morado o violeta o azul sucio
cuando miento y respondo como si algo fuera bien.

Ninguna mujer se casa con sus plantas.

Ante el pulgón, dos únicos remedios: arrojar la planta a la basura
o cederla a mis mayores. En esta situación
—para el insecticida es tarde—
una madre sabrá cómo actuar.

Mientras tanto, en la casa, la mujer duerme.
El hombre
ya no está.

Maceta de hortensias en nuestra terraza: pulgón

Zarpa una flor desde Brasil hasta Francia,
y con su simbolismo condena a la mujer
que la riega en una maceta de plástico negro
asomada al balcón.

De haber escogido un jazmín o una begonia
para la terraza de nuestro piso de alquiler,
de haber atendido a la florista
—la han arrancado de su hábitat: por mucho que te empeñes, nada sobrevive en un clima al que no pertenece—
qué escribiría hoy
dónde viviría hoy
con quién sería.

Pero la hortensia es solo una flor.
Y los rastros del daño de la piel de la planta
dejan también su rastro de daño en las manos que la cuidan
aunque la hortensia sea solo una flor.

Porque cuando todo va bien
algo se mancha.

De modo que sí, que esto es el fracaso: una mota oscura y leve
sobre la piel,
más hebra de tizne que se marca cuando la yema del dedo insiste en ella
y se aferra en lugar de borrarla;
más hebra de tizne que lunar
como ningún libro explicó,
más mancha que hebra, que tizne o que lunar, más
es.

Mientras tanto, en la casa, el hombre duerme.
La mujer
no.

Un cuervo en la ventana de Raymond Carver

para Erika

Nadie se posa en el alféizar —son veintiocho años
de espacio adolescente—,
pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído
en todos los poemas
se colara por el patio de luces y asomara
por el alféizar de mis veintiocho años,
un pájaro
mi habitación adolescente.
Y qué ocurriría si yo escribiese aún
—si me preguntan, respondo que ya no—
y un pájaro cualquiera, ninguno de los pájaros sobre
los que haya leído en todos los poemas,
un cuervo o una de las palomas negras que asoman en la oficina,
interrumpiese en la escritura
como el que se posó en la ventana de Carver.
¿Ganaría su lugar en el poema?
¿Dejaría de ser pájaro?
Alza el vuelo. Ya no hay
habitación en el alféizar.

A virginia, madre de dos hijos compañera de primaria de la autora

Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplaza
desde nuestro barrio alejado del centro
al centro;
al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la vida

bang

donde la vida

se expande y obedece a todos los fenómenos –etcétera– que dicta
la astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos porque éramos de etras; lo proclaman los inexpugnables mecanismos que atañen a vocablos tan comunes
como universo, vida, muerte, amor.
Ocupáis tres asientos frente a mí
en la parte trasera del transporte público: el niño a la derecha, en el centro la niña, la madre a la izquierda.

Ahora tú, hija pequeña de Virginia: chándal rosa gastado –igual
que los plumieres de tu madre– con un personaje
que mi edad y condición soltera ignoran.

Ahora tú, hijo mayor de Virginia, intuyo en tu barbilla y tus orejas
los rasgos que heredaste de tu padre, y me pregunto
si Virginia los maldice
–Virginia, ¿los maldices? –
a la hora del baño.

Pero tú, Virginia, tan rubia, ¿lo recuerdas?
Allá donde entonces combatíamos piojos

ahora

bang

ahora

escondemos el tiempo.

Aquí tú lees una revista, Virginia, aquí tú no me reconoces: ¿te sirven los consejos del cuché,
oh tú, tan rubia e inocente?
Virginia, siempre con mi edad y ahora con dos hijos, sin anillo en el dedo, con un bolso colmado de galletas:
Virginia, hijo mayor de Virginia, hija pequeña de Virginia,
años luz caídos
años luz quebrados en la comisura de los labios,
cerrad los ojos y pedid un deseo

frente a mí

en el autobús destartalado que nos salva del barrio periférico y nos acerca
al centro, lejos de los bancos en los que los adolescentes beben y las noches golpean los jardines,
cierra los ojos, Virginia,
porque en estos veintiocho minutos de trayecto he pensado en nosotras,
en ti que no me reconoces veinte años más tarde, en tus canas donde la gente que nunca te habló, en tus canas donde la gente
reía y se burlaba.

Cristal del autobús junto a Virginia, espejito de ambas,
tus uñas rojas comidas al fregar los platos, una gota de laca roja en tu dedo anular,
oh Virginia, oh rubia e inocente,
yo he pensado en nosotras,

bang

yo he pensado en nosotras.

No sé si sabes a lo que me refiero.

Te estoy hablando del fracaso.

Memoria de tus ojos al despertar

Quítame la guirnalda de tu risa
de encima de la tumba, róbame
el póstumo recuerdo de tus besos,
entrégame a la noche del olvido
total, que es finalmente lo que toca
en esta coyuntura de la muerte,
pero hay algo que nunca lograréis
ni tú ni la tiniebla que me cubre,
y es que me muera sin hacer memoria,
aunque sea un segundo, de la cara
que me ponías al abrir los ojos
cada mañana, de esa cara llena
de vida, de esos ojos iniciándose
en la fiesta del mundo, en la alegría
de existir, y que ahora, al otro lado
del espejo, de alguna forma mágica,
guían mis pasos en la oscuridad.