2015

Huir de muchas cosas

Has tenido que huir de muchas cosas
para llegar a verte cada día
en la sola presencia de tu tiempo.

Hoy apenas existe la muralla,
el verano con vistas al camino,
todo cuanto creías aceptable.

Enmudecen relojes, vas tocando
el fondo de tu vida sigilosa,
mientras la luna yace sobre el lecho.

Pero no por huir las cosas mueren
cuando cierras la puerta y el instante
más feliz hasta esa madrugada.

Quedarán esperándote, sin fecha,
para hacer los recuerdos menos duros,
tratando de alargar la bienvenida.

Hoy apenas existe tu distancia,
como cada pared, cada verano,
cada noche que giras una llave.

Lo que amaste

Igual que si brotase del mar una muralla
dividiendo las olas ambarinas,
con la espuma colgada de sus piedras,
así contemplas todo lo que amaste;
hondo y lento espejismo, varadero,
a veces boreal, a veces lumbre,
fugazmente sagrado como una tempestad.

Lo que amaste no vuelve, pero sigue
sedimentando el yermo de tus pasos,
el camino sin sombra donde un día
tendrán lugar la lluvia, el arroyo, los ríos
y aquel mar imposible, convertidos en ti.

Porque no te has cansado de andar sobre las aguas.

Estiria

De la mano de Brahms llegas a Estiria,
buscando la belleza perdurable
en las primeras notas del otoño,
sobre la melodía de los lagos.

Llegas con tu verdad abandonada
por haber asumido que los tiempos
ya no pasan igual, tan silenciosos
como suenan aquí, tan cristalinos.

Te quedaste esperando aquella vida
pretenciosa y ferviente, con sus ecos
de ternura olvidada entre compases,
una vida que siempre fue de otros.

Y oyes esta cuarta sinfonía
mientras Brahms y la luz desaparecen
allá donde el verdor amarillea,
como si no te hubieran distinguido.

Y cierras otro día más, abriendo
la ventana de tus elevaciones,
aunque el paisaje caiga de repente
mientras buscas su mano, cualquier mano.

Antropología

Cambian los mitos pero ésta
sigue siendo la tierra
donde florece el limonero,
a pesar de que nadie lo encuentre significativo

porque también florece el cardo
sin vigilancia
excepto del pincel que lo reduce a un plano.

Pero ésta es aún
la morada del mito.

O cielo abierto tóxico
y no morada.

Una orilla del mundo conocido
donde florecen indiferenciados
el cardo, el limonero.

Lejía

Hemos dejado fluir el tiempo
sin anotarlo,
como si nuestra educativa vida juntos
no mereciera más que un parecido:
el chorro que se escurre
en los portales
de las casas del centro
cada día
y deja un rastro demasiado oloroso
y molesto, para algunos,
de pureza.

Pero hoy, en un país
extranjero, en un encuentro de poesía
más extranjero aun,
me he vuelto a sentir solo y he
recordado cuando te escribía (para criticarte
de manera amorosa) los poemas
que ya no enseño a mis amigos,
y he pensado también en la lejía.

A mis amigos no los veo o
los veo menos. Pienso
que siguen disfrutando
de sus epifanías y de la
naturaleza antropomórfica.
Las nubes como abrazos,
el cuenco de luz tibia,
la gran poesía,
qué buen desayuno.

Pero yo sólo quiero las cosas que envejecen.

Por ejemplo este amor
que nos augura una fecunda
e insoportablemente emocionante
(vista a distancia,
esa distancia de si hubiera muerto)
decadencia.

Cómo decirlo: en una noche turbia
cometa que arde solo o en compañía de otro solo.
Calcinación y cauterización:
otra vez la lejía.

Pienso en lo fáciles
que somos, lo contentadizos,
incluso lo viciosos a pesar
de que seguimos juntos como si nada
(además de esta charla
con argumentos inesperados y
pequeñas críticas que aún me sonrojan
por el humor, sparrings
de una crueldad dialéctica)
mereciera el dispendio de energía.

Lo diré de otro modo.
Sé que no apruebas la inversión de lo bello
por esta especie de complejo de inferioridad
de las parejas (que son subversiva
a su manera), pero
lo refrenado empuja
y quería decirte que la comparación
con la lejía
no es gratuita y que te quiero
igual o más y te querré
aunque arda el suelo que pisamos,
aunque apestemos,
aunque nos dejen solos.

Poetas en la grabadora, sin entenderlos

Tienen las voces tristes, de
profesionales del lamento: una
herida aguda en las amígdalas como
nostalgia del jarabe.
------------------------------Es su disgusto
hecho costumbre civilizadora.

Los escucho en su lengua, sin entender al ama
de casa del abrigo rosa,
el borracho galés, la puritana
ornitóloga
y el médico de los pobres.

Incluso el ruso, que tanto me gusta,
parece el niño tonto de la especie.

Sólo podría des-
tacar una excepción: como
quien chasquea los dedos en la barra
de un restorán y cuela su comanda,
el poeta mulato abre un tiempo
entre dos olas
y ahí discurre su voz, inmemorial
y grave,
ya historia de los hombres.

Pero después teatraliza (es hombre
de teatro
con modos de locutor)
y ya sólo le guía, a ciegas (como a Homero),
el sentido de su significado.

Y a su prodigio de barítono
lo tiñe el eco de quien es feliz
en una biblioteca.

----------------------Un poco
más de extrañeza se agradecería,
fantaseo. Un idioma impermeable
a la mímesis, como el japonés,
y no esto que es casi neutral
(para un occidental).

Pero qué decepción oír sin comprender
ese cuidado por la exactitud.

Aquí no alienta el Verbo de San Juan.

Los poetas carecen
de mística: oímos la voz
no la palabra
---------------------- (el cuerpo,
no el espíritu).

Es Satanás quien habla, la cabrita
con labios de doncella.

----------------------------------------¿Tuvo
el hombre de Atapuerca
esta superstición de la palabra
justa?
----------¿Qué nos sugiere
el mito de la torre de Babel?

¿Un idioma extranjero
evidencia el propósito final
-supersticiosamente oculto
en trajes regionales?

Aquí todo es la cáscara
o el corpachón,
como quieras llamarlo:

el jadeo, el susurro, el
inquebrantable aullido lastimero
de hiena que nos acompaña
como la madre al novio el día
de su proyección social.

¿Fue Babel la primera alegoría
elaborada de una enfermedad?

----------------------------------------¿Es
cada palabra
síntoma de esa enfermedad?

Y, por último,
¿qué enfermedad?

Dispénsanos,
deidad de los homínidos,
de ir haciendo el ridículo
delante de otros animales.

Olvidemos las cosas
que aún podemos comprender,
nuestro ajuar de matices anticuados
como Anna Karenina, y no
la garganta
agonizante.

El hombre indivisible

Tan delgado que no
lo reconocerías,

ha empezado a contar chistes de dios
y a lavarse los dientes solo.

Cuando camina
lo hace encorvado,
como si huyera
de su familia.

Y, durante algún tiempo, mientras
estuvo mudo,
con los ojos velados
y un moratón en la cabeza,
pensé que al despertar volvería a marcharse.

Hoy le afeitamos.
Le untamos crema porque se reseca
y su cuerpo desprende un olor
que no podría describir
y se queda pegado
y luego me acompaña a casa cuando
ceno con mi mujer,
el olor de mi padre.

A veces le ponemos una gorra.

Lo cuidan mis hermanos, mis
dos hermanos, aunque somos cinco.

Cuando llevaba un mes en cama comenzaron
un diario
de a bordo de la enfermedad,
pero yo no participé.

“Durante las tres horas de visita de hoy”,
escribió mi hermano
y me sentí culpable por no dar más de mí,
apenas una hora con mi monólogo.
Era como inventarme un padre con
la excusa de aquel viejo cuerpo
familiar,
como inventarme yo,
de paso,

porque al hablarte iba cobrando
conciencia de no ser
si no lo era para ti
y de no ser para ti nada.

No he debido madurar,
destetarme de padre.
Creo que competíamos.
Tú eras un tecnócrata
y yo poeta. Te caía mal.
Era el duelo de dos pedanterías
con un matiz reproductivo:

eras el viejo mono que protege a su hembra.
Tu testaferro, en este caso,
una mexicana joven.

Mi mujer es mayor que yo.

En una cena familiar dijiste
que yo tenía un trauma con las mujeres mayores
porque mi novia de entonces
me sacaba dos años
(tenía 21).

Desde luego
eras idiota.

Pero ahora no. Ahora te quiero.
Y no lo digo de broma, aunque
permite que me ahorre
la efusividad.

Te quise cuando me reconociste
en el hospital: ¡mi hijo!
-¿Cómo me llamo?
----------------------------¡Gerardito!
Y te subí a la cama
y me mirabas con amor
y con jactancia al de la voz aguda
de la cama de al lado, otro enfermo.
-Menudo es mi hijo.

Casi me echo a llorar, pero pensé
en el timbre aflautado
de los enfermos, que no comen sólidos,
y luego te tapaste con la sábana
hasta los ojos y te dije:
-Río Duero, Río Duero.
Nadie a acompañarte…
----------------------------¡baja!
-Nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de…
----------------------------¡agua!

También le improvisaste un final a Machado
(…y al volver la vista atrás
me tiro un pedo divino)

y con algo de rabia o impotencia
en tu clase de matemáticas
con una baraja española,
exclamaste,
como si al fin supieras:
----------------------------¡Heraclio Fournier!

La testaferro viene a verte pero
te cuidan tus dos hijos.

Tu exmujer también viene
y trae dulces y creo que te gusta
ella más que los dulces.

Mi madre no ha venido.

¿Qué más puedo contarte?
Había evitado la segunda persona
precisamente por esto.

He estado en Berlín.

Ay, papá, qué nostalgia de Berlín,
qué feliz fui con los poetas del congreso.
¡Matamos al referente!

Mi hermano
se ha aprovechado de tu enfermedad
y ha puesto una mampara
en tu ducha de inválido
con el escudo del Atleti.
¿Eres consciente de quienes te cuidan?

Desde tu casa se ve un campo de amapolas.
Por la tarde, cuando el sol está bajo, las
amapolas
son menos interrogativas.
Parece el fin del mundo o el principio del verano.

¡Qué nostalgia de otra vida,
y luego echar de menos ésta,
en Berlín con un disco de Hildegard Knef!

Tu nevera está llena de comida
macrobiótica caducada
y de cervezas de mi hermano.

Euro y medio una pinta
en el bar donde Rosa Luxemburgo
daba sus mítines,
en la terraza. Me doy cuenta
de que he heredado tu pasión
por lo superfluo.

¿Escuchas? Los vecinos
vuelven a sus garajes
con un complejo mitológico
domesticado
y me avergüenzo de tu piso de estudiante.

¿Es el pago por una deuda kármica?
¿Has sabido vivir?
¿Qué ha sido del dinero?
¿Te importa que te juzgue
o te importaba antes?

Aunque no te quisiera,
podría seguir así eternamente.
Me sobrecoge la naturalidad de nuestra relación.
No te hablo del pañal. Es otra cosa. Una
especie de perseverancia
en esta convivencia
que no vas a agradecerme.

Árboles

Qué felices los árboles,
juntos de por vida
y sin poder marcharse.

Cada noche mi madre
duerme en una cama distinta
en el edificio donde cree que vive.

Del sótano al primero,
de las calderas al baño.

Alternativamente
un dosel de marquesa,
un colchón de la criada
o junto a la enfermera
que confunde con mi esposa.

Incluso el árbol
de su ventana
es otro cada noche
aunque roza el cristal
con la misma arrogancia.

Calipso

En verano volví a leer poesía
y una tormenta sacudió la casa
con rítmicas correspondencias.

Las higueras anfibias.
El jazmín sarmentoso.
La culebra mojada junto al haz
de paja. Anónimas avispas
clavadas en el tronco
del manzano
como nieve salvaje.

La poesía me dio un yo
y dos planchas azules
reconocibles como cielo y mar.

Entre ambas, el tachón
de la lluvia. Y arriba,
un sobrenatural gris Waterloo.

Tenía un perceptible fondo
por el que deslizar
el sobrepeso de la perspectiva.

Con la puesta de sol viene el banquete.
La casa en la colina
colonialmente absorbe la humedad de las huertas.

Un octeto de ovejas
toca calipso.

Cada pueblo tiene sus límites

El cartel de prohibido entrar descalzo
y sin camiseta
lo habían hecho adrede para el tonto del pueblo

(un dibujo muy realista
pero esquemático que recordaba
a un exvoto)

y lo vimos sentado varias tardes
a la puerta del drugstore
con los pies sucios,
junto a su retrato.